
Juan me dice que falta poco, pero
el cielo de Lima me afirma exactamente lo contrario. Está violeta, y yo lo amo.
Y no me importa que las noticias que me augure no sean las que quiero, porque
después de todo, un cielo violeta no es algo que uno vea todos los días. O
todas las noches.
Llevamos más de dieciocho meses
dando vueltas, barrileteando, vagabundeando, caracoleando. Yo ya quiero estar
en mi casa. No es que me muera de ansiedad de ponerme un par de botas y entrar
a la oficina. Al contrario, lo que quiero es volver a tener ganas de viajar,
porque siento que se me cansaron los ojos, que llené los frascos de mis
pupilas, y que necesito aburrirme de mi ciudad para volver a sentir curiosidad,
para tener hambre de nuevo. Ahora, no me importa que tenga Cajamarca a un par
de horas de distancia, ni que vaya a ser esta la segunda vez que me voy de Lima
sin conocer la Plaza de Armas, lo que pienso en estos días es que tengo ganas de tener un placard. Sí, un placard. Me cansé de tener que meter la mano en el tubo amorfo que es mi mochila, como quien saca papelitos para un sorteo. Quiero ver mi ropa apiladita, tener una planta de albahaca que regar en mi cocina, y muchos estantes donde desplegar mis libros, esos libros que –pienso en este momento- deben seguir encajonados en la casa de mi mamá. Ahora tengo sed de sedentarismo, y no me importa.
sin conocer la Plaza de Armas, lo que pienso en estos días es que tengo ganas de tener un placard. Sí, un placard. Me cansé de tener que meter la mano en el tubo amorfo que es mi mochila, como quien saca papelitos para un sorteo. Quiero ver mi ropa apiladita, tener una planta de albahaca que regar en mi cocina, y muchos estantes donde desplegar mis libros, esos libros que –pienso en este momento- deben seguir encajonados en la casa de mi mamá. Ahora tengo sed de sedentarismo, y no me importa.
Juan deambula por el departamento
de Lima tropezándose con sus ideas. Juan es así, y hay que aprender que aunque
uno lo vea apenas provisto con La Maga y su mochila más chica, en realidad las
cosas invisibles que lo rodean son incontables. Siempre está sobreviviendo a
una estampida de ocurrencias, de planes, de conceptos. Y estampillas, porque
Juan tiene una pasión inentendible (para mí) por esos papelitos dientudos que
vienen en los sobres. Pero yo lo amo, estampillas incluidas. A veces, sin
embargo, reconozco que su malón de ideas sería más llevadero si aprendiera él a
dominarlos. Hoy por hoy, pasa al revés
Yo me quiero ir a mi casa. Faltan
dos semanas para la fecha prometida, sólo que esta vez, son quince días de
verdad. ¿Qué son quince días de viaje a dedo en una travesía de casi quinientos
cincuenta? No son nada, y son todo. Yo miro el mapa carretero y trato de fijar
paradas, calcular días y kilómetros y hacer todas esas cosas en vano que uno,
que ya tiene buena experiencia con el pulgar, debería saber que no sirven para
nada. Si pudiera teletransportarme, no lo pensaría. Sería más fácil que colarse
en un avión, y más rápido también, pero sé que voy a tener que ponerle el pecho,
kilómetro a kilómetro…
El viernes 22 de junio salimos a
la ruta, y tres horas después estamos a bordo de un bus directo a Tacna que,
creo yo, me lo mandó Ganesh para aliviar mi fatiga. El viaje se me empieza a hacer más corto. Mientras
dentro proyectan una película de Disney situada en el planeta Marte, el
espectáculo de la ventanilla no dista demasiado de lo que transmite la
pantalla. El paisaje desértico del sur de Peru, sus dunas grises y los
kilómetros de nada me recuerdan a un año atrás, cuando veníamos haciendo esa
misma ruta, con la ansiedad de llegar a Lima. Es curioso como todo es relativo:
la primera vez que salí con la mochila, allá por el 2008, llamé a mi familia
desde Lima para anunciar que había llegado al final de mi viaje y que me estaba
volviendo. La sorpresa de decir: “te estoy llamando de Perú” fue total, y yo
percibía que esa lejanía de kilómetros agrandaban mi aventura. Ahora miro el
mapa, y aunque reniego de la liviandad de sus palabras, se que Juan tiene
razón: falta poco. Estamos cerca, ya casi llegamos.
Ganas de volver tener esas ganas de salir a bailar por los caminos.
23 de junio y volvemos a cruzar
la frontera Perú – Chile, transportados por una pareja de padre e hijo,
ingenieros, que trabajan para hacer de ese puesto fronterizo “un paso modelo
que pueda reproducirse en todas las fronteras a nivel nacional e internacional”.
Hablan con orgullo y un poco de esperanza. El nivel de la infraestructura
supone que van por buen camino. El desempeño del personal, no tanto…
Situación cruzando la frontera
Perú - Chile:
Sra. de Migración: - ¿En qué vehículo vienen?
Nosotros: - En ninguno, llegamos
a pie.
Sra. de Migración: - Eso es
imposible. ¿En qué vehículo vienen?
Nosotros: - Viajamos a dedo. Un
auto nos trajo hasta la entrada, y llegamos acá a pie.
Sra. de Migración: - Eso es
imposible...¿En qué vehículo vienen?
Y así sucesivamente por quince minutos,
hasta que finalmente viene el supervisor y concluye que caminar no tiene nada
de ilegal. Volvemos a cruzar esa
frontera a pie, de la misma manera en que lo hicimos hace un año, sólo que en
opuesta dirección…
Una madre soltera que gana sus
ingresos como agente de Lan y personal trainner nos hace lugar entre mantitas y
sonajeros y nos deja en el punto exacto en donde parten los camiones. El césped
invita a abrir esas latas de atún que traemos como firmes armaduras contra la
economía chilena, pero la prisa apura. Basta con chiflarle a un camionero que
espera el semáforo para estar sobre cuatro ruedas otra vez, ahora, con destino
a Iquique.
Hace rato que no viajamos en
camión, y la panorámica del asiento delantero es un aliciente para mi ansiedad.
Tenemos como meta llegar hasta Santiago y cruzar por Mendoza. Los kilómetros en
línea recta caen despacio, como las gotas de esa canilla mal cerrada en medio
de la noche. No sé dónde vamos a dormir, pero va a estar fresco. El camionero regresa de transportar granadas y
municiones para el ejército chileno. Dice que tienen que defenderse de las pretensiones
de Perú, y que hay que estar alertas a Bolivia. Lo dice entre risas, y supongo
que es porque en el fondo sabe que las pretensiones propias siempre fueron más entusiastas
que las ajenas. Se lamenta de no tener un viaje largo, y nos despide al
atardecer antes de doblar hasta Iquique.
Unos mochileros que hacen dedo en
dirección opuesta me gritan si tengo papel, y yo les cruzo el rollo de
higiénico. Ingenua. Se me ríen y me lo traigo de vuelta. No sé cómo pretenden
armar un porro con el viento que hay.
Queda menos de media hora de luz,
y hay que empezar a pispear donde armar la carpa. Hacemos dedo para llegar al
próximo pueblo, pero no está fácil. El recinto de un monumento a la carreta no
parece tan mala opción. De repente, un camionero frena allá adelante. No sé
decir por qué, pero algo en su cara no me termina de convencer. Juan corre, yo
rezo. No, no me arrodillo ni cruzo las
manos. Instintivamente, en voz alta, empiezo a pedirle a Ganesh que nos permita
un buen regreso a casa. Ganesh es un dios hindú con cabeza de elefante. Es,
entre otras cosas, el protector de los viajes y los viajeros (él mismo viaja en
una rata blanca, que es su vehículo), y desde que supe de su existencia, me
cayó simpático y lo adopté. Y nunca me falla… Cuando finalmente llego al
camión, la sonrisa de Juan le atraviesa las orejas: “Subite que este va hasta
Campana”. Campana, provincia de Buenos
Aires; Campana, Argentina; Campana, a hora y media de mi casa. Sí, de Iquique a
Campana one way-nonstopover. Alberto es peruano y transporta unos caños medios
raros que ni él sabe para qué sirven. Dice que son para la minera que hay en Campana,
o una petrolera, o a lo mejor un gasoducto. No me importa. Quiero ir a mi casa…
Esa noche dormimos al amparo de
un restaurant, mientras él hace lo propio en el camión. Ya nos han revisado los
carabineros, aunque eso no parece haber disminuido la cuota de desconfianza que
el chofer tiene con nosotros. Es contradictorio. Después de todo, él nos frenó,
pero aún así no podemos liberarnos del estigma “mochilero: fumanchero/traficante/indocumentado/ilegal”. Pero bueno, uno no encuentra un
express directo a su casa todos los días, y hay también que entender que los
medios de comunicación se encargan de
hacernos dudar hasta de nuestra propia sombra.
Al día siguiente calentamos
motores antes del amanecer. Es 24 de junio, y si todo sale bien, hoy nos toca
pisar suelo patrio. El plan de la L (de Tacna a Santiago, y de Mendoza a Buenos
Aires) ya fue cancelado. Ahora nos toca el NOA, y si tenemos que verlo por la
ventanilla, qué mejor que hacerlo por la de un camión. Alberto está un poco
tenso. Le tiene pánico irracional a los carabineros. Yo pienso en el camionero
anterior y sus municiones. Nos recalca y vuelve a recalcar que nadie puede
saber que él nos está llevando, que los carabineros son esto y lo otro, y que
él nos está haciendo un enorme favor al permitirnos que le demos compañía…
Cansa, provoca y evoca la paciencia, pero allí estamos, a punto de volver a la
Argentina.
Lo que sucede cuando llegamos al
Paso de Jama, tampoco fue de gran ayuda (aunque la anécdota es genial):
Situación cruzando la frontera
Chile - Argentina:
Carabinero veinteañero con tres
pelos en la barba: - ¿En qué vehículo
vienen?
Nosotros, (exaltados por la
vuelta): - ¡Estamos viajando a dedo!
Carabinero veinteañero con tres
pelos en la barba: - Entonces, po, no
les puedo seiar el pasaporte. Consíganse un vehículo y después les seio la salida,
po.
Nosotros (en tono de amigos):-
Estamos viajando con el camionero que selló la salida recién. Sellanos que nos
va a esperar allá en el cruce.
Carabinero veinteañero con tres
pelos en la barba: - Si están viajando
con el camionero, que venga y se haga responsable. Io así o no los pueo dejar
pasar.
Nosotros (ya, calentando la
marcha):- Es que no va a querer…les tiene pánico. Por favor, sellanos y
nosotros nos vamos ya. Estamos volviendo a casa después de dieciocho meses y
este tipo nos lleva a la puerta de nuestra casa.
Carabinero veinteañero con tres
pelos en la barba: - Si el señor no
quiere venir, po, entonces io no puedo hacer na.
Juan (ya totalmente sin pulgas):-
Mirá, yo soy ciudadano argentino, tengo mi pasaporte en regla y no estoy
llevando nada ilegal. No me podés impedir el paso. Viajo a pie, y si no nos
sellás, nos vamos a pata. No podemos perder este vehículo.
Carabinero veinteañero con tres
pelos en la barba (firme como un soldado): - Es que esto no es así. Nosotros somos los
Carabineros Chilenos y tenemos nuestras regalas,po.
Juan (completamente descarriado):
-Y yo soy Juan Villarino, y también tengo mis reglas.
Carabinero veinteañero con tres
pelos en la barba (conteniendo la risa ante tamaña respuesta): - ¿Ah, sí? ¿Y
las trajo por escrito?
Juan (en actitud “atájate esta,
chileno con tres pelos en la barba”): - Por supuesto. (Y le planta un libro
arriba del escritorio).
El carabinero mira el libro de
reojo, aprieta los dientes para no largar la risa, nos devuelve el libro y sale
a la caza del camionero, que ya se había dispuesto a seguir sin nosotros. Lo
frena, le explica. Una chica que había visto la situación lamentándose por la
falta de pochoclos intenta calmar al chofer, y cuando todos concuerdan en que
no hay nada malo en llevar a este par de trotamundos, nos volvemos a subir al
camión.
Carabinero veinteañero con tres
pelos en la barba: - La próxima vez, me
deja una copia de su reglamento, que me interesa leerlo con tiempo….
Del otro lado está mi casa...
Continuará…



Mirale el lado positivo, varias veces en el cruce de Desaguadero en Perú a lo unico que estan expectantes los policias fronterizos es a ver a que mochilero desinformado le roban inventandose cualquier historia para coimearte o inclusive, si revisandote la mochila encuentran dinero, robandotelo en tus narices.
ResponderEliminarSí, las fronteras son para despertar sentidos. En este viaje no sé ya cuántas veces hicimos tramites de migración, y nunca tuvimos un drama. Y siempre lo hicimos a dedo. No veo lo que pasó como un "problema", sino más bien como una anécdota. La primera, por la ridiculez del no entendimiento, la segunda por la reacción de Juan, porque el carabinero algo de razón tenía: son más de 100 km entre un tramo y el otro y el clima no da para hacerlo a pie. Pero salimos hechos!
EliminarMuy bueno. Me encantó!!
ResponderEliminarJajaja que bueno el dialogo con el Carabinero veinteañero con tres pelos en la barba !!!
ResponderEliminarPilar Documet Soto dijo en Face:
ResponderEliminarSalud Laura y Juan!!! abrazos....y que la magia los acompañe... besos y abrazos
jajaja...le hubiesen cantado"mi barba tiene 3 pelos"...por ahi les espantaban la mala onda...
ResponderEliminarHola Lau...nos gustó mucho el relato! lo de meter la mano en un tubo amorfo no sabes como lo entendemos!!!!!!!!!!!!! genial lo del carabinero de tres pelos en la barba....felicitaciones por la gran travesía!!! y feliz regreso...
ResponderEliminarun abrazo grande a vos y a Juan!
Pau y Pato de Radio Mochila
Federico Gargiulo dijo en Face:
ResponderEliminarQué buen ping-pong se armó al final!!! Nos vemos pronto muchachos!
jaja muy bueno el relato! me re enganchó! Que tengan buen regreso!!! saludos!
ResponderEliminarLos espero por el mio, un abrazo!
http://gambeteandoconladepalo.blogspot.com.ar/
Que lindo post! Me encanto. Que importante poder identificar cuando ya es hora de regresar a casa para, como bien decís "volver a tener ganas de viajar". Eso de "siento que se me cansaron los ojos, que llené los frascos de mis pupilas, y que necesito aburrirme de mi ciudad para volver a sentir curiosidad, para tener hambre de nuevo" es hermoso. Así que bienvenidos, y ya sea por casa o en la ruta esperamos encontrarlos y disfrutar de conocernos personalmente. Mientras tanto, desde donde sea los seguimos como sabemos que ustedes también nos hacen compañía.
ResponderEliminarA disfrutar del hogar, la familia, los amigos y de tener la ropa limpia y apiladita en el placard!
Maru y Martín
Me siento tan pero tan pero tan identificada con esa sensación de querer volver después de varios meses de viaje, con ese no-asombro ante los lugares después de haber visto miles... Vas a ver que lo mejor para querer viajar otra vez es volver a tu ciudad.
ResponderEliminarMe encantó este post, los diálogos y la respuesta de Juan al tres pelos, genial.
Tengo muchísimas ganas de conocerlos, así que cuando esté por Arg me voy para allá a verlos.
Besos y feliz regreso!
Sí Aniko!!! Te esperamos en San Nicolás para que conozcas una de las ciudades menos interesantes de la provincia de Buenos Aires!!! Pero bueno, seguro que podemos sacar un lindo post sobre eso! Ojalá nos veamos pronto!
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