domingo, 27 de noviembre de 2011

La familia en el camino


En el repertorio de preguntas que la gente del camino nos hace a diario, siempre está presente la clásica “¿y su familia?”. Bien podríamos responder: “Bien, gracias”, o “No se animaron a venir”, pero entendemos que la gente quiere saber qué piensan sobre nuestra aventura, y si no nos hacen falta, especialmente en este continente de mesas repletas y numerosos miembros bajo el mismo techo. A todos les cuesta creer que nuestros padres están contentos, y terminan convenciéndose a sí mismos con un “ya se acostumbraron”. Se quedan siempre, sin embargo, esperando que confesemos que extrañamos horrores, cosa que afirmamos sin hondar en detalles.

Cuando uno viaja, el concepto de “extrañar” se vuelve muy volátil e inexplícito. A veces se traduce en un “qué lindo sería que mi papá estuviera acá”, o en una honda nostalgia cuando, saturados hasta las narices de comer arepas, uno evoca los ravioles de la abuela o los asados en familia. Son momentos puntuales en los que uno desearía poder teletransportarse, compartir unas horas en la casa familiar, y retomar nuevamente su ruta viajera de mochilas y paisajes aleatorios. Pero no llega nunca a ser una pena de llanto o desazón, precisamente porque la elección del destierro es propia, y por ende, revocable con el simple deseo de regresar. No estamos hablando, además, de tiempos de ataño, cuando las postales eran la vía más rápida y eficaz de transmitir la realidad, y contar con pocas palabras sobre aventuras en tierras tan lejanas como desconocidas. Hoy por hoy, en que hasta mis abuelas tienen un Facebook (lo digo literalmente), extrañar se hace más difícil. Abro el msn y mi hermanito de diez años me cuenta que pasó a sexto grado sin llevarse materias, mi papá me reclama que nunca me encuentra en skype y mi hermana me desafía en un juego de damas on line…


Mi abuelo es el único que no tiene Facebook y es al que más extraño... :(

Sin embargo, cuando el 30 de octubre mi mamá escribió en la ventana del chat: “Querés que mamucha los vaya a visitar el mes que viene?”, se me congeló el corazón. Sí, extrañaba. Extrañaba y quería que viniera. Era una sorpresa que me descolocaba, y la alegría de tenerla a mi mamá en Cartagena por unos días se me mezclaba intentando imaginar cómo sería mochilear con ella, habituada a vacaciones en auto en las sierras de Córdoba. “Esto va a ser un desafío – me dijo Juan. Hay que impresionar a la suegra y no fundirnos en el intento”. Pero para ese entonces ya habíamos conseguido pasajes “baratos”, y el reencuentro familiar se reducía apenas a semanas.
 
Mi mamá no es una señora mayor, como le hice creer al señor de la frontera para que nos ayudara. Tiene apenas 46 años, pero nunca había viajado en avión, y más allá de Camboriú en el auto con mi papá, nunca había salido del país. Así que mi emoción tenía varias vertientes: además de la felicidad de tener a mi mamá ni más ni menos que en mi amor de Cartagena, me alegraba saber que esta iba a ser su primera vez volando, su primera vez tan lejos, su primera vez sola. Bien digo emoción, aunque confieso que esperando en el aeropuerto temí que mi querida madre se hubiera quedado varada en San Pablo o en Bogotá, o lo que era peor, que se hubiera mandado por cualquier otra puerta y estuviera a estas alturas desembarcando en la Isla de Bali, lo más campante. Pero claro, ella es una reina, y no iba a perder ni el glamour ni la compostura, iba a sonreír y a asentir con la cabeza aunque no entienda una sola palabra más allá del castellano, y embobada como estaba con los aviones, no iba a enterarse de nada sino hasta no encontrarme a mí. Esperamos entonces en el aeropuerto viendo como salían y salían las personas, y mi mamá no aparecía. Juan se reía de los nervios, porque realmente ya estábamos preocupados, hasta que la vimos aparecer última, cargando su valija con rueditas, con total naturalidad. (No, no iba a perder la maña de llegar tarde a todos lados, ni siquiera a la salida del desembarque).Me vio tarde, vino a los saltos, y en media hora ya estábamos en el quilombo que era Cartagena por las fiestas novembrinas, llenos de espuma y con los tambores galopando en los oídos. No importaba, mi mamá estaba feliz, y yo ni les cuento.



Pasamos diez días de vacaciones, porque tuvimos que dejar un poco de lado la venta, los post y toda la mar en coche (o el dedo en coche). Pero nos vino bien, porque además de ponernos al día con las anécdotas desde Paraguay hasta acá, fue un descubrimiento mutuo. Por un lado, nosotros volvíamos a mirar esas cosas que ya por cotidianas nos parecen normales: los vendedores ambulantes, los cientos de frutas nuevas y hasta los más mínimos detalles, que a través de los ojos de mi mamá parecían reaparecer frente a los nuestros. Por su parte, ver que vivir así sí es posible, que hay otros viajeros en la ruta, y que todo lo que veía en el blog no era más que un fiel reflejo de la realidad, la dejó tranquila y entusiasmada.

Acá les dejo algunas fotos de felicidad:




Solo con mamá comemos langosta....

Después nos fuimos a Playa Blanca, en Isla Barú.

...Y entonces mi mamá entendió porque no banco Mar del Plata.

Y cuando mamá se fue y volvimos a ser dos para todo, sentimos otra vez ese vacío como de haber arrancado de cero. Con la presencia latente de alguien que no se suponía que debía estar acá (en mi mente mi mamá es igual a mi casa, y no a Cartagena), el concepto de “extrañar” tomo su matiz más evidente y parte de mí se quedó con ganas de subirme al avión y volar a mi casa. La acumulación de costumbre y caparazones se esfumaron por completo y de repente nos sentimos necesitados de calor de hogar, de voces conocidas, de caras familiares. Recurrimos entonces a un remedio viajero para este malestar, y volvimos a lo de Migue y María. Sucede que estos viajes prolongados no serían lo mismo (y no sé si serían posibles) sin esas personas que ofician de amigos, de hermanos, de primos, en cualquier lugar del mundo. Los brazos abiertos que uno recibe en esquinas desconocidas hacen que el andar sea más llevadero, y sobre todo, más liviano. Tuve en Cali una extensa charla de amigas con Esmeralda; en Concepción, Asunción me cocinó como mi abuela; y ahora en Cartagena, Migue y María nos recibían como primos o amigos, incluyéndonos en su cotidianeidad de manera espontánea. Honestamente, no podría imaginar sitio mejor para recuperarnos y volver a salir. Eso es algo difícil de que los conductores entiendan en las pocas horas que duran los viajes: a veces ese vacío lo llenan las personas del camino, y uno hace amigos que puede que no vuelva a ver, pero que se quedan grabados en alguna parte, como entrañables y cruciales.


Increíblemente, en Cartagena terminé de aprender a jugar al truco. Creo que se entiende quienes eran las reinas que ganaron 3 partidos seguidos... Y Migue seguía sin poder mentir!!!!

Migue y María nos abrieron las puertas de esa casa y nos sentimos bienvenidos. “Ustedes son como los hijos – nos dijo él una tarde – cuando vienen a la casa después de un tiempo causan algunas incomodidades, pero qué alegría verlos al volver del trabajo! Y siempre estamos pensando: ¿estarán bien? ¿pasarán frío?” Y sí, la pasamos muy bien, y nos fuimos no sin antes dar mil vueltas, sentir que dejábamos el barrio, y largar alguna lágrima deseando que el camino nos juntara a todos pronto.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Día Internacional contra la Violencia de Género

Hoy es el Día contra la Violencia de Género.

 
El año pasado, estando en Ushuaia, fui invitada por la Cruz Roja Argentina a participar de las I Jornadas de contra la violencia de género, como expositora. La idea era que contara mi experiencia en Centroamérica, viajando sola.

La propuesta me pareció interesante, porque además de contribuir a una causa que considero más que importante, es necesario hablar de violencia de género mucho más allá de los golpes o las violaciones. De hecho, en aquella oportunidad me encontré con que el resto de las panelistas eran especialistas en distintas áreas pero que apuntaban todas hacia la misma cuestión.

Este año quisimos repetir la experiencia en Cartagena, , participando de la Semana por la No Violencia contra la Mujer, comp parte de nuestro Proyecto Educativo Nómade. Presentamos una propuesta que consistía en la proyección de fotos de mujeres de diferentes culturas, la narración de nuestras experiencias con ellas, fragmentos de entrevistas, el análisis de los distintos tipos de violencia, y casos en que la unión hace a la fuerza: mujeres unidas luchando por diferentes causas, y saliendo al frente.

Pero el proyecto no llegó siquiera a ser leído. En el camino de la gran cadena burocrática de la que somos presos los países Latinoamericanos, alguien apunto con el dedo a los mochileros. Y nuestro proyecto pasó al tacho de basura exclusivamente por eso, por viajar con una mochila y no con una valija de rueditas, por viajar a dedo y no en avión. Claro, nadie se puso a pensar que si tenemos todo ese material es precisamente porque somos mochileros que viajan a dedo, porque nos metemos en caminos que es mejor verlos por televisión antes que embarrarse para llegar hasta allí, porque hablamos con las mujeres antes de hablar de las mujeres.

Una verdadera pena.

Comparto aquí, igualmente, parte de lo que pensaba exponer esta tarde. Creo que todas somos vulnerables de alguna u otra forma, y me parece interesante que todos sepamos que violencia no sólo es sinónimo de insultos, patadas o violaciones.

Esta es la tipificación de la violencia contra la mujer a la que se llegó en la República Bolivariana de Venezuela. En 2007, la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida sin Violencia determina las siguientes formas de violencia.

1. Violencia psicológica: Es toda conducta activa u omisiva ejercida en deshonra, descrédito o menosprecio al valor o dignidad personal, tratos humillantes y vejatorios, vigilancia constante, aislamiento, marginalización, negligencia, abandono, celotipia, comparaciones destructivas, amenazas y actos que conllevan a las mujeres víctimas de violencia a disminuir su autoestima, a perjudicar o perturbar su sano desarrollo, a la depresión e incluso al suicidio.

2. Acoso u hostigamiento: Es toda conducta abusiva y especialmente los comportamientos, palabras, actos, gestos, escritos o mensajes electrónicos dirigidos a perseguir, intimidar, chantajear, apremiar, importunar y vigilar a una mujer que pueda atentar contra su estabilidad emocional, dignidad, prestigio, integridad física o psíquica, o que puedan poner en peligro su empleo, promoción, reconocimiento en el lugar de trabajo o fuera de él.

3. Amenaza: Es el anuncio verbal o con actos de la ejecución de un daño físico, psicológico, sexual, laboral o patrimonial con el fin de intimidar a la mujer, tanto en el contexto doméstico como fuera de él.

4. Violencia física: Es toda acción u omisión que directa o indirectamente está dirigida a ocasionar un daño o sufrimiento físico a la mujer, tales como: Lesiones internas o externas, heridas, hematomas, quemaduras, empujones o cualquier otro maltrato que afecte su integridad física.

5. Violencia doméstica: Es toda conducta activa u omisiva, constante o no, de empleo de fuerza física o violencia psicológica, intimidación, persecución o amenaza contra la mujer por parte del cónyuge, el concubino, ex cónyuge, ex concubino, persona con quien mantiene o mantuvo relación de afectividad, ascendientes, descendientes, parientes colaterales, consanguíneos y afines.

6. Violencia sexual: Es toda conducta que amenace o vulnere el derecho de la mujer a decidir voluntaria y libremente su sexualidad, comprendiendo ésta no sólo el acto sexual, sino toda forma de contacto o acceso sexual, genital o no genital, tales como actos lascivos, actos lascivos violentos, acceso carnal violento o la violación propiamente dicha.



7. Acceso carnal violento: Es una forma de violencia sexual, en la cual el hombre mediante violencias o amenazas, constriñe a la cónyuge, concubina, persona con quien hace vida marital o mantenga unión estable de hecho o no, a un acto carnal por vía vaginal, anal u oral, o introduzca objetos sea cual fuere su clase, por alguna de estas vías.

8. Prostitución forzada: Se entiende por prostitución forzada la acción de obligar a una mujer a realizar uno o más actos de naturaleza sexual por la fuerza o mediante la amenaza de la fuerza, o mediante coacción como la causada por el temor a la violencia, la intimidación, la opresión psicológica o el abuso del poder, esperando obtener o haber obtenido ventajas o beneficios pecuniarios o de otro tipo, a cambio de los actos de naturaleza sexual de la mujer.

9. Esclavitud sexual: Se entiende por esclavitud sexual la privación ilegítima de libertad de la mujer, para su venta, compra, préstamo o trueque con la obligación de realizar uno o más actos de naturaleza sexual.

10. Acoso sexual: Es la solicitud de cualquier acto o comportamiento de contenido sexual, para sí o para un tercero, o el procurar cualquier tipo de acercamiento sexual no deseado que realice un hombre prevaliéndose de una situación de superioridad laboral, docente o análoga, o con ocasión de relaciones derivadas del ejercicio profesional, y con la amenaza expresa o tácita de causarle a la mujer un daño relacionado con las legítimas expectativas que ésta pueda tener en el ámbito de dicha relación.

11. Violencia laboral: Es la discriminación hacia la mujer en los centros de trabajo: públicos o privados que obstaculicen su acceso al empleo, ascenso o estabilidad en el mismo, tales como exigir requisitos sobre el estado civil, la edad, la apariencia física o buena presencia, o la solicitud de resultados de exámenes de laboratorios clínicos, que supeditan la contratación, ascenso o la permanencia de la mujer en el empleo. Constituye también discriminación de género en el ámbito laboral quebrantar el derecho de igual salario por igual trabajo.

12. Violencia patrimonial y económica: Se considera violencia patrimonial y económica toda conducta activa u omisiva que directa o indirectamente, en los ámbitos público y privado, esté dirigida a ocasionar un daño a los bienes muebles o inmuebles en menoscabo del patrimonio de las mujeres víctimas de violencia o a los bienes comunes, así como la perturbación a la posesión o a la propiedad de sus bienes, sustracción, destrucción, retención o distracción de objetos, documentos personales, bienes y valores, derechos patrimoniales o recursos económicos destinados a satisfacer sus necesidades; limitaciones económicas encaminadas a controlar sus ingresos; o la privación de los medios económicos indispensables para vivir.

13. Violencia obstétrica: Se entiende por violencia obstétrica la apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por personal de salud, que se expresa en un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres.


Esta foto la saqué en Lanquín, Guatemala. Aquí, muchas mujeres las mujeres aborígenes no tienen acceso a partos hospitalizados porque sus maridos no se los permiten, o porque la falta de entendimiento cultural por parte de los médico es tal que prefieren parir en sus casas.

14. Esterilización forzada: Se entiende por esterilización forzada, realizar o causar intencionalmente a la mujer, sin brindarle la debida información, sin su consentimiento voluntario e informado y sin que la misma haya tenido justificación, un tratamiento médico o quirúrgico u otro acto que tenga como resultado su esterilización o la privación de su capacidad biológica y reproductiva.

15. Violencia mediática: Se entiende por violencia mediática la exposición, a través de cualquier medio de difusión, de la mujer, niña o adolescente, que de manera directa o indirecta explote, discrimine, deshonre, humille o que atente contra su dignidad con fines económicos, sociales o de dominación.

16. Violencia institucional: Son las acciones u omisiones que realizan las autoridades, funcionarios y funcionarias, profesionales, personal y agentes pertenecientes a cualquier órgano, ente o institución pública, que tengan como fin retardar, obstaculizar o impedir que las mujeres tengan acceso a las políticas públicas y ejerzan los derechos previstos en esta Ley para asegurarles una vida libre de violencia.

17. Violencia simbólica: Son mensajes, valores, iconos, signos que transmiten y reproducen relaciones de dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales que se establecen entre las personas y naturalizan la subordinación de la mujer en la sociedad.


En México me encontré con que existen vagones exclusivos para mujeres. Tan aceptado está el acoso por parte de los hombres que en vez de castigar y educar a la población masculina, separan a las mujeres, aceptando el rol del hombre - abusador, y enfatizando el estereotipo de que la mujer es sólo un objeto de deseo.

18. Tráfico de mujeres, niñas y adolescentes: Son todos los actos que implican su reclutamiento o transporte dentro o entre fronteras, empleando engaños, coerción o fuerza, con el propósito de obtener un beneficio de tipo financiero u otro de orden material de carácter ilícito.

19. Trata de mujeres, niñas y adolescentes: Es la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de mujeres, niñas y adolescentes, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza o de otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre mujeres, niñas o adolescentes, con fines de explotación, tales como prostitución, explotación sexual, trabajos o servicios forzados, la esclavitud o prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre o la extracción de órganos.



miércoles, 9 de noviembre de 2011

Por quién suenan las campanas

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quien doblan las campanas: doblan por ti.

John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions




La madeja de historias que se van tejiendo en este viaje tiene inicio, por lo general, en dos actos puntuales: cuando hacemos dedo, o cuando vendemos libros. Los resoplos de fortuna, las piruetas del azar, las acrobacias del camino. Cada historia se gesta como una contingencia casual, y lo que amo, precisamente, es sentarme a mirar hacia atrás y observarme a mí misma pronunciando esos libretos escritos por el destino, siguiendo las veredas indicadas para toparme con ese, que será el próximo personaje del siguiente capítulo. La sensación de tener la llave del futuro y a la vez ignorar la respuesta correcta es lo que me lleva a seguir andando, a sentirme viva, a querer siempre más.

La primer imagen de este capítulo tiene como escenario la Plaza de la Trinidad, de la que hablé en el post anterior. Era la primera noche en que salíamos con Juan a vender libros por Cartagena y no teníamos muy claro aún ni los horarios, ni el mejor recorrido a tomar. Ya casi habíamos cumplido con la expectativa de la noche: un solo libro más vendido y habríamos alcanzado el objetivo que nos habíamos propuesto. La plaza, como aprendería con las noches venideras, estaba repleta de gente, aunque en su mayoría eran locales. No había potenciales lectores a la vista. Juan apostó por una pareja que ni bien nos acercamos empezó a besarse de manera desaforada. Yo fijé mis ojos en un chico de remera a rayas, que sobresalía un poco del grupo de extranjeros que esa noche reinaban en las escaleras de la iglesia. Por su apariencia no era ni un artesano ni un gringo de revistas, así que intuyendo que podíamos al menos entablar una conversación, fuimos hacia él.

Se llamaba Miguel y lo primero que declaró cuando le entregamos el libro fue: ¡Pero yo a ti te conozco! ¡Tú eres el Acróbata del Camino! Sí, no sólo lo conocía, sino que Miguel era amigo personal de Aurora y Antonio, dos viajeros españoles que alojaron a Juan durante su estadía en Madrid, allá por 2006.


Nosotros estábamos en un tren veloz que nos obligaba a renovar la estadía en Colombia antes de que mi mamá llegara. Teníamos dos opciones: o viajábamos a Venezuela, y hacíamos “trampa”, saliendo del país y volviendo a entrar, o pagamos los 75 mil pesos colombianos (unos U$D35) y la renovábamos acá. Habíamos decidido seguir la primera opción. Así que esta noche conversamos con Miguel un buen rato y nos fuimos a dormir, no sin antes aceptar su número de teléfono por cualquier cosa que necesitáramos. Y aquí viene una advertencia a los lectores: a menos que realmente quieran recibirnos, no nos dejen sus números, porque de seguro que nos vamos a abusar de su predisposición… ;) Quedaban aún unos diez días antes de la llegada de mi mamá, y decidimos quedarnos unos días más en Cartagena para dejar el blog listo antes de seguir. Lo llamamos a Miguel. Esa misma tarde estábamos instalados en su casa a pleno tipeo rítmico.



Miguel es español y vive junto a María, su compañera de piso. Ambos son becarios que trabajan en la Agencia de Cooperación Española. Esa tarde María estaba particularmente complicada: en vísperas del Bicentenario de independencia de la ciudad, la Embajada Española estaba organizando un concierto de campanas, como parte de la celebración, y ella estaba al mando de todo. Habían convocado a Llorenc Barber y a Monserrat Palacios, famosos a nivel mundial por dirigir este tipo de conciertos, y necesitaba coordinar toda la producción del evento que se llevaría a cabo al día siguiente. Nosotros, por nuestra parte, seguíamos inmersos en el monitor, intentado coordinar una muestra en la biblioteca y preparando algunos artículos sobre los shuar. Pero nuestra atención se desviaba continuamente a la charla sobre el concierto. Y yo me preguntaba: ¿qué tan mágico debe ser ir por la vida haciendo sonar las campanas del mundo en interpretaciones histriónicas que rompan con la monotonía de la ciudad? Nunca se me había ocurrido que algo tan tosco e inaccesible como una campana podía ser usado con ese fin.

Evidentemente Juan estaba en la misma situación que yo, porque ni bien Migue empezó a preguntar “Vosotros no estaríais interesados en…” dijimos que sí. Claro que sí. ¿Cómo perdernos semejante la oportunidad? Por supuesto que no había sido un “sí” muy pensado, porque cuando empezamos a oír de partituras, directores y demáses, volví a tener ese sentimiento que hacía años que no experimentaba: el de estar al frente para dar examen y saber que mi suerte dependía exclusivamente de mi capacidad de improvisación. En la vida tuve contacto personal con la música. No que no me hubiera encantado, pero simplemente no se dio. “Tal vez esta sea mi oportunidad”, me dije, mientras esa misma tarde hacíamos equilibrio en una infinita y desvencijada escalera caracol que nos conducía por un túnel oscuro y tétrico hacia la parte más alta de la iglesia.


Allí arriba el aire de Cartagena se filtraba con soltura por las torres. Eran ya las seis de la tarde y debíamos aprovechar el tiempo. Monserrat repartió guantes y tapones y nos asignó los puestos correspondientes. Juan iría en el equipo de la campana mayor, y a mí me tocaría una lateral, junto a María. Apenas entendí cuales eran los lugares, Monserrat comenzó con las indicaciones y empezamos a hacer los primeros “Clonnnnnnnn”. Yo seguía procesando todo. Antes de esta experiencia, la única imagen mental que tenía de un campanario era la del feliz Quasimodo volando por las aires colgado de una cuerda, así que pensé que mi trabajo sería ese: jalar de una soga pesada cuando me lo indicasen. Ya me imaginaba, inclusive, saltando por el aire agarrada de la amarra. Lo que nos encontramos allí arriba fue mucho menos emocionante. Las campanas estaban a unos centímetros del ras del piso, por lo que había que agacharse y empezar a traer el badajo con ambas manos (así aprendí que se llama la pelota esa que cuelga dentro de la campana y que la hace sonar). Al principio todo parecía fantasía, pero tras diez minutos de ensayo, de estar agachada presa de semejante trozo de metal y de traer hacia mí una bola que pesaba sus buenos kilos, la imagen dejó de ser celestial, y entendí porque el Jorobado es jorobado, porque tiene unos tremendos brazos de gimnasio y porque camina todo torcido. (Lo que no entendí es porque siempre se está riendo). Además del calor, de la caca de paloma circundante y del ejercicio físico, había que andar esquivando cucarachas mientras, con el cuello torcido, seguíamos las indicaciones de la directora que agitaba los brazos desaforadamente para que todos la pudiéramos ver. Y en uno de esos momentos de incómoda posición no tuve mejor idea que querer reemplazar a María y meter mis manos justo cuando ella estaba dándole al badajo con más fuerza. Y sí, me apreté el dedo gordo ni más ni menos que con la campana de la Catedral de Cartagena. Ojo, eso no le pasa a cualquiera.



Cuando el ensayo hubo terminado yo ya tenía más o menos en claro el orden de los golpes que había que dar. Además de hacer sonar los pesados instrumentos, debíamos maniobrar unas varillitas que hacían ruiditos más delicados, unas flautitas de cotillón y soplar también por unos tubos flexibles, de esos que se usan para los cables de la luz. El hombre orquesta, un poroto.



Al día siguiente nos reunimos por la mañana para dar los toques finales en un último ensayo. Monserrat había dejado a cargo a Carolina, una veinteañera con experiencia en coros, que sería su reemplazante. Pero acorde pasaban los minutos, los sonidos se volvían cada vez más desastrosos, la coordinación fallaba por completo y la directora se sumía en una actitud meramente caprichosa de no querer hacer gestos exagerados, de no querer señalar uno por uno, de no querer dejar de mirar la partitura para mirarnos a nosotros. Y pronto un simple ensayo de algo que, a mi modo de ver, era ciento por ciento “disfrutable”, se volvió el culebrón de media tarde, con brujas crueles, falsas cenicientas y el llanto fingido de lágrimas que no querían salir. Por Dios, que lejos estoy de toda esta mamarrachada adolescente… Tan lejos, que sin saber un pito de música, sin ser parte de este grupo que se conoce hace tiempo y sin tener experiencia en dirigir ni el tránsito siquiera, me ofrezcí a tomar las riendas del asunto y hacer sonar las campanas como Dios manda. Llorenc llegó a calmar los ánimos, pidió improvisación, pidió sonrisas, pidió pasión: “tenemos que querer dormir con las campanas, abrazarlas, poner nuestro amor para que suenen distinto a la misa del domingo. Esto es como hacer el amor, hay que empezar primero suave, de a poco, lento, y al final ¡orgasmo! Y darle duro al badajo para que los sonidos viajen a toda la ciudad y podamos gritarle a Cartagena que aquí estamos nosotros, que somos como francotiradores de paz!” Sí, yo también pensé que estaba loco, pero me caía simpático. Soy mujer, no sé como tocar a otra mujer, pero entendí el mensaje y la pasión de este hombre por estos toscos objetos olvidados. Pero mientras yo me deleitaba con la poesía de Llorenc, Carolina entraba en ataque de inmadurez y se quejaba de su incapacidad de salirse de la partitura. No quería improvisar. Lo increíble sucedió cuando, en medio de su ataque infantil, pronunció unas palabras tan ciertas, tan paradógicas, que nos dejaron a todos mudos: “Esto es una cuestión de geografía. Usted viene de España y nos pide improvisación, pero nosotros somos caribeños. ¡Aquí no nos podemos salir del 1, 2, 3 de la salsa! ¡Yo no puedo independizarme de la partitura, ignorar el papel!” Increíble. Increíble. En vísperas del Bicentenrario de la Independencia, esta cartagenera no puede independizarse del papel. Llorenc se rinde y le dice, en otras palabras, que haga lo que quiera, que va a estar bien. Ella busca llamar la atención, amenaza con dejar la dirección, pero nadie entró en pánico. Yo reitero mi oferta. A decir verdad, me moría de ganas de tomar su puesto. ¿Qué me importa si no se leer una nota musical? Me sé más o menos los tiempos, ¿quién se va a dar cuenta?


Mi campana y yo, durante el último ensayo


Juan y la campana mayor. Había que turnarse entre 3: pesa más de una tonelada.

Pero no tuve la suerte. A las seis de la tarde nos dimos cita otra vez en el campanario, con energía, y con una Carolina un poco más predispuesta. Al sonido del fuego artificial, comenzamos nuestra tarea. Al principio, con calma. No se veía mucha gente y los ritmos son lentos. El recital duraba 40 minutos, así que mejor no casarse de entrada. Sin embargo, a medida que corren las agujas la alegría se empezó a sentir en el ambiente. Abajo, la gente esforzaba la vista para descubrirnos. Nuestros brazos pesaban, pero seguimos. María alentaba, saltaba, y la directora finalmente se liberó y empiezó a dejar fluir los golpes metálicos y sonoros, agitando los brazos, revoleando su cabeza. El dolor de los brazos pronto se volvió adrenalina y sentí más energía que nunca. Le di al badajo con todas mis ganas. En ese momento quería gritarle a la ciudad que era yo la que estaba ahí creando música, que era gracias a mí que esa campana no suenaba ni por misa ni por muerte, sonaba por la vida, por la vida de una sociedad y por la vida mía que se enriquecía con cada golpe de badajo.

Toda esa gente nos estaba escuchando!

Cuando el cronómetro marca el final el campanario sabe a vestuario y a victoria. No sólo lo hemos conseguido, sino que lo hicimos juntos, y superamos la prueba. Estamos sudados, exhaustos, pero sonrientes. Y si John Doone estaba en lo cierto, si la muerte de cada hombre es también en parte mi muerte, yo hoy siento que la vida de un pueblo es también la mía, que no me importa ser entranjera, ni viajera, ni momentánea. El grito de la vida es también mi grito, la gloria de este pueblo no me es ajena. Hoy, cuando la noche termina y el concierto es historia, se que cada vez que a lo lejos oiga el burdo sonido, inevitablemente pensaré en Cartagena. Y cada vez que me pregunte quién está detrás de esa nota huérfana, por quién suenan las campanas, podré decir con seguridad: las campanas suenan por mí.




martes, 8 de noviembre de 2011

Reconocimiento internacional para nuestro Proyecto Educativo Nómada



¡Los Acróbatas del Camino estamos de festejo! Nuestro proyecto educativo, al que hemos bautizado “Proyecto Educativo Nómada” ha cumplido dos años en la ruta. Pensábamos subir un breve post para la ocasión… pero nunca nos hubiéramos imaginado un regalo como el que recibimos ayer cuando abrimos un mail…

Matador Network, la reconocida escuela virtual de periodismo aplicado de EE.UU., ha incluido al Proyecto Educativo Nómada en su selección de 50 organizaciones sin fines de lucro que están causando una diferencia por su compromiso y trayectoria.

Allí nos pueden encontrar en la sección “Education and Empowerment” (Educación y fortalecimiento). No se nos ocurre una categoría mejor para definir el rumbo que procuramos llevar. La selección comprende ideas que involucran el uso de nuevas tecnologías, en nuestro caso, la articulación entre redes sociales y la solidaridad. ¡Es que nada podríamos hacer sin nuestros cómplices! Por eso, compañeros imprescindibles de viaje, queremos que se sientan tan orgullosos como nosotros. Esto es cooperativismo, cada paso lo damos entre todos.






lunes, 7 de noviembre de 2011

Postales de Cartagena




Entramos a Cartagena por la puerta de atrás. Yo quería toparme, de repente, con la vieja muralla y encontrarme con el Mar Caribe después de casi un año de espera. Pero no. El camionero que nos traía nos dejó en una ruta desordenada, con taxis como autitos chocadores y un calor que me hizo sudar hasta el cuello. No era ésta la postal mental que tenía de la ciudad. Lejos de las fortalezas y las construcciones coloniales, nosotros llegamos derecho a lo que bien podría haber sido un bunker belga en el medio del Caribe.

Con un slip rojo como todo atuendo fuimos recibidos por Franz, un ingeniero especializado en balística cuyo sustento de vida radicaba, ni más ni menos, en la fabricación tanto de armamento como de blindaje. De fondo, música europea de los años 60 sonaba a un volumen innecesario, mientras nuestro anfitrión le enseñaba a su hijo de diez años el calibre de la AK47. Yo, estupefacta. Se presentó con una sonrisa digna de alguien que no está en calzones y tras secarse el sudor de la frente me dijo: “Así que tu apellido es Lazzarino…así se llamaba un arma que repliqué hace unos años atrás”. Como no dejaba de sonreír, supuse que en algún recoveco de su mente particular, eso debería ser percibido como un piropo, y sonreí también. Franz empezó entonces a quejarse del calor, de que la electricidad de iba de a ratos y de que en Colombia “a la gente le gusta sufrir”. Se despachó entonces en una catarsis irrefrenable en donde no hubo un solo halago para la patria de su esposa, y me vi en la obligación de asentir en silencio en vez de despacharme yo también contra su ingratitud. Después de todo, hacía sólo unas horas que nos conocíamos y no quería contradecirlo en su propia casa. Le pregunté entonces por qué se había ido de Europa, y su respuesta fue la menos esperada: “¡Porque me perseguía Saddam Husseim!”. Reí ante la sorpresa, pero la verdad es que me quería ir cuanto antes. Desde afuera, y más viéndolo ahora que ya pasó el tiempo, la situación era casi burlesca. Franz en calzoncillos rojos paseando por la casa y cantando “Bamboleiroooooo, bamboleeeeiraaaaaa”, su niño adivinando el calibre de cuanta arma el padre le desafiara, sus dos hijas adolescentes practicando el violín mientras su mujer colombiana freía patacones como abstraída del mundo, mientras la música hacía temblar las paredes. Y yo sólo podía pensar que habíamos viajado casi dos días con un calor infernal, y que mi muralla y mi Castillo San Felipe estaban tan cerca y a la vez tan lejos como cuando abandonamos Medellín. No estaba mal tener un panorama de cómo es la verdadera ciudad, que desde hace siglos se fue extendiendo mucho más allá de las murallas, pero yo tenía una sed de turista que me estaba desesperando.



Así que decidimos compartir dos días en casa de esta peculiar familia y luego emigrar para el centro histórico, y empezar nuevamente nuestro viaje por Cartagena. Y entonces sí, nos subimos a un bus que era un sauna con ruedas, y miramos por la ventanilla hasta que nuestros ojos encontraron eso que habíamos venido a buscar. Allí, frente a un mar que se pierde en la lejanía, la ciudad amurallada sigue resguardando sus edificios, aunque la magia la ha desbordado hace rato… En eso discernimos con Juan. A él no le gusta ver fotos de los lugares antes de ir, y tiene la teoría de que el Taj Mahal, Machu Pichu o la Torre Eiffel son como las celebridades del turismo: todo el mundo las conoce desde el sillón de su casa. Y he oído de mucha gente que piensa igual. A mí, en cambio, me pasa algo curioso. Cuando llego a un lugar único del que jamás oí antes, el impacto es positivo, porque siento que lo estoy descubriendo. Pero cuando llego a un sitio que ya vi mil millones de veces en la tele, la sensación que me da es la de estar dentro de un cuadro. Me impacta comprobar que eso que vi hasta el cansancio en películas, revistas y documentales es de verdad, y más aún, son mis ojos los que ahora transmiten en vivo y en directo, y es una transmisión en exclusiva para mi alma…




Eso me pasó cuando bajamos del bus y estuvimos, por fin, frente a la Torre del Reloj, o caminando sobre la muralla. Porque aunque hay muchos sitios que quiero ver desde que salimos de viaje, la cantinela de “quiero llegar a Cartagena” se volvió un hit desde que tocamos el puerto de Ushuaia. (Si lo sabrá Juan…). Un año pasó desde aquél nevado verano, y ahora nos encontrábamos caminando bajo estos famosos balcones, esquivando carruajes cargados de turistas y carritos de vendedores ambulantes de fruta. Nos encandiló el color. A esta altura, vimos ciudades coloniales preservadas, tejas rojas por doquier y calles como pasadizos, pero Cartagena me dejó muda. El arcoíris de paredes me hizo pensar en La Boca, pero el canto de las voces del mediodía no me dejó moverme lejos de Colombia. A un lado, un evangelista con micrófono portátil evocaba los cielos frente a un puñado de espectadores. Frente a él, un señor extendía un cartel en silencio, con un mensaje más contundente: “Dios no existe”. Y entre medio de ellos, una procesión de vendedores buscaban su presa sin reparo: sombreros, maracas, acuarelas, lentes de sol. Y todo se movía en perfecta combinación. La función de este gran espacio público no ha cambiado con el correr de los años, excepto por un pequeño gran detalle: si hace siglos se comerciaban esclavos, hoy son los mismos descendientes de africanos los que se lanzan a la venta de cualquier mercancía que les sirva de sustento. Son insistentes, pero me caen simpáticos.



Nos dejamos perder por la calle más evidente a seguir. Carros de madera venden frutas, el olor a mango se instala en la calle y algunos oficinistas transitan como abstraídos de la realidad, esquivando turistas. Mi sonrisa me delata: ni soy de acá y acabo de llegar. Y estoy feliz.




Tremendamente distinta a la imagen de los primeros días, la ciudad amurallada de Cartagena es como quitada de una postal. Tres barrios conforman la parte antigua: el Centro, donde vivía la alta alcurnia; San Diego, donde lo hacían los militares y los ricos comerciantes; y Getsemaní, hogar de esclavos y trabajadores. Al estar ubicada en un puerto estratégico, la ciudad fue atacada constantemente por piratas y corsarios, lo que obligó a la corona española a construir un sistema de defensa: murallas, fuertes, baterías y hasta una pared submarina que impidieran el fácil acceso desde el mar.




Aunque en sus orígenes la muralla rodeaba todo el espacio habitacional, con el correr del tiempo algunas partes fueron eliminadas para poder trazar avenidas. Actualmente, sólo el Centro y San Diego se encuentran rodeados de muralla, y poca gente vive allí. La mayoría de sus construcciones están destinadas al turismo, con hoteles de alta gama, restaurants internacionales, joyerías y comercios de todo tipo. Getsemaní, en cambio, mantiene su aire de barrio pese a haberse convertido en el punto de hostels y hoteles económicos. Naturalmente, hacia allá vamos nosotros.






Debido a las próximas fiestas del Bicentenario, esta parte de la ciudad está adornada con luces de todos colores que se encienden en las noches. Buena parte del barrio ha sido recuperado en cuanto a estética y seguridad, aunque algunas esquinas conservan sus burdeles y whiskerías, como aferrándose a una identidad en peligro de extensión. El aire que se respira, igualmente, es pacífico. Aquí decidimos quedarnos, y hacer base. No nos resulta difícil amoldarnos al ritmo caribeño. Mientras los gringos huyen cada noche en busca del Happy Hour más conveniente, nosotros nos refugiamos en la entrada de la Iglesia La Trinidad.




No, no nos atrapó una repentina ola espiritual. Por muy paradógico que suene, la puerta de la iglesia y su plazoleta es el lugar de encuentro de los vecinos del barrio, que parecieran emergen de las baldosas ni bien baja el sol. Entonces esta ciudad despierta. Sobre las escaleras, algunos improvisan música, otros cenan una arepa recién hecha y otros, simplemente, conversan. Sobre el tapial, varias parejas disputan partidas de ajedrez y de damas que juegan con tapitas de Postobón, la gaseosa nacional. A su alrededor, algunos vecinos observan cada partida con un fervor no propio de esta actividad. Apuestan, alientan, celebran a los gritos. Los nenes corretean, un artesano sin patria fabrica burbujas gigantes con sogas y detergente, y otros, simplemente, dejan sus tobillos descansar. Esta tampoco es la postal que tenía de Cartagena, pero la compro. Me quedo con ella porque puedo sentir cómo vibra, porque su espíritu sigue implacable, y es lógico. Aquí vivió gente que entendía la felicidad por sobre el dinero, que forjó una dureza a fuerza de esclavitud y que enraizó en estas calles su alma desarraigada de África. Esa es la semilla que floreció en los vecinos de hoy, que aún rinden culto a las tradiciones de sus antepasados esclavos. Y eso no se vende, ni se muda, ni se disfraza. En todo caso, se baila bajo el calor de la noche, en las calles de Getsemaní.