viernes, 29 de octubre de 2010

Hacia el sur del sur: historias de los últimos tramos de la RN3

El Ford K de José parece ampliarse más allá de sus límites para darnos lugar a nosotros dos y nuestras dos mochilas, que si por espacio se miden cuentan como dos viajeros más. Este instructor de infantería ha frenado su coche en la estación de Piedra Buena, donde casi una hora más atrás nos dejaron Sarita y Ramón, dos habitantes de San Julián que fueron extendiendo su oferta a medida que la meta se acercaba. Así fue como de llevarnos sólo hasta la salida del pueblo pasaron a dejarnos finalmente en Piedra Buena, 100 km más al sur, no sin antes habernos hecho conocer la belleza kitch de este sitio, donde a falta de flores naturales la municipalidad ha sembrado bellos ejemplares de plástico, rodeados de cemento verde que simulan ser pasto. Una preciosa maqueta habitada.



El provechoso paseo nos consumió más tiempo del disponible, y es así como la normal ansiedad de encontrar finalmente conductor y carruaje que nos lleve a destino se ve aumentada por los nervios de saber que las horas de luz ya son contadas y que no quisiéramos vernos en la obligación de tener que acampar por estos sitios.

José demuestra un entusiasmo que supera ampliamente la capacidad de su pequeño auto, que si ya de por sí es reducido, parece mucho más teniendo en cuenta el desparramo de pertenencias que luego de casi tres días de viaje ha llegado a acumular. Tantas horas de camino monótono que aún no ha llegado a su final es lo que motiva al militar a frenarle a estos dos mochileros: por estas tierras la conversación parece ser el único entretenimiento que no necesita señal de antena, y eso lo convierte en un bien preciado. Resulta ser que a diferencia de otras veces su charla también se nos hace de gran valor: hablar de cuestiones militares con alguien del género, teniendo en cuenta el triste y fresco pasado argentino, presupone de antemano una situación incómoda, de delgados límites. Sin embargo no es éste el caso, ya que lo que genera nostalgia en este marino es el fulgor de una época donde las instituciones eran respetables y constituían un respaldo nacional frente a cualquier amenaza bélica. No se discute la dictadura, no hay objeciones ni matices: fue atroz, fue infame, punto. Lo que en cambio se echa sobre la mesa, y he aquí la novedad en mi escasa experiencia, es que esa gestión porcina tuvo, irónicamente, consecuencias devastadoras para la propia institución que era defendida y supuestamente representada. Alguien que con honestidad ha dedicado su vida a la marina compara con pena el estado de las Fuerzas Armadas cuando él era un novato y lo que ha quedado de ellas hoy en día, en donde el sólo hecho pronunciar estas palabras ya genera escalofrío. Yo soy de esa generación y lo admito: los uniformes militares me provocan un miedo y una incomodidad cuyo origen racional desconozco, pero que aún así no puedo tolerar. Y es sobre esto mismo que dos noches más tarde terminamos charlando con Ale, quien con un corazón enormemente más grande que su casa, nos brinda alojamiento junto a Luciana, su novia.

Habíamos llegado a Río Gallegos con la idea de pasar una sola noche, y nada más. José nos dejó en la enorme YPF de la entrada, donde dormiría para salir temprano al día siguiente rumbo a Río Grande. De manera que la idea era cenar algo con los chicos, charlar un rato, y arrancar temprano al día siguiente a bordo del K express que nos dejara en Tierra del Fuego. Así se lo dijimos a Lu cuando se apareció con unos flameantes pantalones hindúes a buscarnos. Se sintió algo decepcionada por la noticia pero no se resignó a perder y comenzó un plan de mensajes subliminales pero finalmente eficientes para que nos quedáramos.



Hablando azarosamente sobre prejuicios caigo otra vez en esa maldita costumbre de lanzar al aire mis pensamientos con total honestidad y convicción, sin medir la posibilidad de que mi pierna quede enterrada hasta la cadera en una irrevocable y olímpica metida de pata. Así que muy suelta de cuerpo digo que sí, que uno siempre tiene pensamientos y conceptos previos sobre ciertas profesiones, y doy como ejemplo que aunque nunca he conocido ni hablado con un soldado, tengo mis ideas al respecto (no recuerdo ahora exactamente sobre qué veníamos discutiendo, pero sí sé que mi comentario iba dirigido a refutar una afirmación de Juan que segundos antes había dicho que no se puede pensar sobre algo que se desconoce). Ale no dijo nada, pero esa misma noche mientas yo terminaba de cepillarme los dientes, y como quien no quiere la cosa, me preguntó acerca de esos pensamientos. No hay que ser muy eruditos para imaginar lo que respondí. Y, nuevamente para mi sorpresa, resultó ser que Ale había tenido un breve paso por las Fuerzas Armadas, pero había desertado por no estar de acuerdo con ciertos métodos, y porque básicamente no había encontrado aquello que había ido a buscar. Me contó también sobre la mirada de la gente, y sobre cómo mis prejuicios eran masivos, y lo feo que se había sentido el primer viernes regresando a casa en el tren, con las miradas acusadoras sobre sus hombros y sus borceguíes. Acusado por vestirse de verde, por elegir así, por portación de símbolo. Y desertó. Y se ve que mucha no era su vocación, porque tiempo más tarde cambió los duros y organizados entrenamientos del campo militar, por aquellos caóticos y desordenados de la vida real, y salió a las rutas con Luciana.

Ale y Lu arrancaron un viaje mochilero hace más o menos dos años, con una experiencia inversamente proporcional a sus ganas y entusiasmo. Recorrieron gran parte de la ruta 3 y viendo que sus cuentas decrecían a un nivel importante decidieron hacer base en Gallegos. Les costó, porque la economía del lugar es cruda, y lo que ahora recuerdan entre risas en su momento fue una prueba más de que de fuego, de frío. Sin ahorros sustanciosos y debiendo empezar de cero pasaron meses viviendo en carpa en el patio de una señora muy católica, que aunque aseguraba rezar a diario por ellos, al reparto de generosidad se ve que no había asistido, pues les cobraba indiscriminadamente todos los días por el simple hecho de plantar la carpa en su propiedad. Uso de baño y cocina, tema aparte. Teniendo en cuenta el viento asesino que sopla por estos lares y que estamos hablando de una pareja que apenas supera los 20, hay que ser muy despiadado, honestamente, para aprovecharse de ese modo y no poder perdonar ni una noche de carpa. De a poquito y con mucho esfuerzo empezaron a instalarse, pero siempre con la convicción de que estos años de sedentarismo no serán más que un escalón para poder seguir subiendo, y que todo terminará siendo un capítulo más del viaje. Consiguieron trabajo, ayuda de otra gente y empezaron a estudiar, y para no perder ni el entusiasmo ni la meta, apenas pudieron compraron una combi VW ’86 que había funcionado como ambulancia. Ahora el vehículo está listo para el quirófano, y mientras antes era símbolo de salud y emergencias, hoy se erige en plena calle de Gallegos esperando la aventura, y recordándoles a estos dos viajeros que las rutas esperan. Yo por mi parte, y siendo que la bebé no es mía, ya me quiero subir!




El pequeño departamento que ellos alquilan se encuentra en el patio de una casa bajita, en donde comparte superficie con otros dos habitáculos. Lu nos cuenta que este fenómeno habitacional es cada vez más común en Gallegos, y que cada persona que tenga un fondito más o menos aceptable, levanta cuatro paredes y ya dispone de un departamento que alquilar. Ella ya nos había advertido de la pequeñez del lugar, pero admito que cuando entramos no pude pensar en cómo íbamos a hacer para dormir cuatro personas allí. El lugar tenía más calidez de la que podía declarar, eso es cierto, pero repito, éramos cuatro. Para quienes hayan tenido el honor y placer de visitar mi castillo (el monoambiente en donde me refugié durante mis cuatro años de residencia porteña), este departamento era aún más pequeño. Ale no tardó en llegar, y a medida que la noche entraba nuestras convicciones de seguir viaje atolondradamente iban despareciendo. Y desistimos.

Cuando llegó el momento de dormir no hubo manera de elegir nosotros: ellos ya habían determinado darnos la cama, y antes de que pudiéramos chistar ya se estaban acomodando en el piso, con el pretexto de que por un lado no sabíamos nosotros cuantas camas nos esperarían, (así que teníamos que aprovechar), y que por otro a ellos nos les vendría mal recordar aquellas no tan viejas épocas de espalda contra el suelo.

Nos quedamos finalmente cerca de cuatro días en esta pequeña morada en la que ni el espacio ni los tererés faltaron nunca. Resultó ser que pese a no conocernos desde antes esta pareja tiene los mismos sueños que nosotros, las mismas metas, los mismos ideales (y la misma pasión por los helados de la Abuela Goye, - gracias Ale, vos sí que me entendés!!!!!-). Los cuatro soñamos con una casa ecológica, en un lugar donde a la naturaleza no haya que ir a buscarla a la plaza y una pequeña posada donde recibir viajeros y rememorar historias. Los días volaron a la misma velocidad que el viento, y luego de cuatro días decidimos que ya era hora de partir. Nos vamos con el corazón lleno, con muchas ganas de volver a cruzarnos con estos dos lindos viajeros, y con toda la ansiedad de poder finalmente tocar fondo en Ushuaia y rebotar con energía hacia el otro extremo.

Como para no perder la costumbre salimos tarde y nos vemos nuevamente en la YPF de la entrada. Después de varios intentos fallidos, con ridículas excusas y hasta con la amenaza de una huelga en la frontera rondando en el aire, finalmente un camionero se ofreció llevarnos hasta Río Grande. Perfecto. No será Ushuaia pero al menos el cruce a la isla lo tenemos asegurado. Alejandro, el chofer, es de Monte Hermoso y antes de intercambiar historias nos cuenta que está transportando insumos para fabricar plásticos, lo que al estar catalogado como material peligroso requiere de un carné especial que nuestro conductor no posee, así que nos adelanta que va a declarar “productos en general”.

Aunque Tierra del Fuego es una más de nuestras provincias argentinas, se encuentra separada del continente por el famoso Estrecho de Magallanes que pertenece a Chile, por lo que para poder entrar en ella hay que salir del país, hacer aduana, cruzar el estrecho, viajar un poco por Chile y volver a hacer aduana antes de entrar. Y obviamente que siendo casi las cuatro de la tarde no tenemos chances de conseguir todo esto antes de que caiga la noche, por lo que ya sabemos que lo que resta del día estaremos a merced del universo. Bien, me gustan las historias en tiempo real.

Alejandro es macanudo y el viaje se hace ameno. De a poquito, muy de a poquito, podemos ver cómo el paisaje va cambiando y se empieza a vislumbrar un verde tímido que va queriendo asomar. Sin embargo en líneas generales la carretera aún se presenta como ondulante cinta gris que se extiende sobre un terreno desértico.



Llegamos a la frontera en menos de una hora. La fila es corta y con Juan intentamos no ser nosotros el motivo de la demora. Nunca me gustaron demasiado los trámites aduaneros. Siempre tengo miedo de que me falte o sobre algo, aún cuando soy consciente de que llevo todo en regla. Definitivamente no serviría para mula o traficante, soy demasiado evidente. Finalizamos rápido nuestra parte para volver al ruedo pero al buscar a nuestro camionero lo encontramos reposando sobre uno de los marcos de la puerta que divide el área pública de la privada. Su expresión no se define bien, es una extraña mezcla entre incredulidad y resignación. Algo no anda bien. Pronto descubrimos que está esperando respuesta de un gendarme (eso definitivamente no es bueno). Sucede lo siguiente, a ver si me siguen: uno de los inventos moyanescos de la época es la evaluación psicofísica del conductor. Además de saber conducir con precaución semejante dinosaurio, hay que estar bien del aparato pensante y del sentimental. Una vez aprobado el examen su validez es de cinco años. Hasta ahí, entendible. El asunto es que, por motivos que aún desconocemos, en lugar de darle al agraciado una suerte de carné, certificado, cédula u otro tipo de papelerío transportable, el chofer debe ingresar a http://www.psicofisicos.com.ar/ y descargar él mismo su propio certificado. Sencillo para nosotros que vivimos en la era de la red interna, pero mirando a mi alrededor dudo que estos trabajadores de una profesión tan noble estén familiarizados con el arroba. Sin embargo el problema no es ese, porque Alejandro dominaba aunque fuera de forma artesanal la internet y tenía su hojita impresa. El problema es que aunque el test es válido por cinco años, el papelito (en donde claramente figura la fecha de vencimiento del examen) caduca a los tres meses. Un poco ridículo, ¿no?. Así que mientras que el examen de Alejandro sigue vigente, el papelillo venció en julio. No habiendo WI FI en menos de 50 km a la redonda, el gendarme lo obliga a volver a Río Gallegos, imprimir el fucking bendito papel y hacer nuevamente los 70 km hasta la frontera. ¿Y nosotros? Esperando en migraciones. 


Aunque Alejandro prometió volver y dejó su acoplado como garantía, no tenemos certeza de que eso vaya a suceder hoy, por lo que empezamos a preguntarle a la gente que llega, que no es mucha. No hay caso. Algunos ya nos habían visto en Gallegos y se habían negado. El tiempo pasa, nosotros ahí, charlando con los gendarmes y esperando que el universo decida por nosotros. El responsable de haber obligado a regresar a nuestro chofer se nos acerca curioso, y al ver nuestra carpeta nos sugiere presentar nuestro proyecto educativo a la Dirección Nacional de la Antártida, asegurando con entusiasmo que será de gran interés llevar nuestra charla a las bases argentinas. Alucinamos. Por un momento nos imaginamos proyectando fotos en las ya conocidas casitas naranjas rodeadas de nieve y pingüinos, pero el gendarme recuerda que Dios tiene su oficina junto al obelisco, y que aunque estemos cerca del continente blanco deberíamos regresar a Buenos Aires para tramitar todo. Será entonces al regreso de este gran viaje, algún día quizás.

Una hora y media más tarde vemos venir a Alejandro con la hojita recién sacada de la impresora, listo para seguir viaje. Minutos después entro por primera vez en territorio chileno.



Para cruzar el estrecho hay que hacer una larga fila y esperar que llegue la balsa, como se la llama comúnmente. No, en nada se parece a la que Lito Nebbia quería construir para irse a naufragar. Esta es en realidad un gran ferry que se dedica a cruzar transportes de un lado al otro. El viaje es tranquilo y corto, pero todo un evento para estos viajeros. Ya del otro lado y cerca de que la noche se haga presente, compramos unos sándwiches de carne (que si uno pregunta es de vaca, aunque es bien sabido que se trata de guanaco, solo que no se dice porque su caza es ilegal). Un poquito más de asfalto y luego, cuando ya no queda luz, comienza el ripio. Alejandro baja la velocidad y sube al mango el volumen del stereo en el que suena Arjona en vivo. “Nosotros le transportábamos los equipos de sonido”- me dice con un cierto tono de orgullo- “canta bien, pero es un asquerooooooso. Y un machista bárbaro… Y a las mujeres les encanta, yo ya no entiendo más nada”. No soy muy fanática del guatemalteco, pero me gusta el tono en que Alejandro saca conclusiones, a la vez que canturrea si el pasado te enseñó a besar asiiiiiiiiiii.



Por un momento nos olvidamos de que afuera la temperatura se recuesta casi sobre el límite entre el + y el -, pero lo cierto es que la noche es espesa y nosotros apenas si contamos con una carpa y dos bolsas de dormir.

Llegamos a la frontera chilena y es evidente que está cerrada. Momento de enfrentarse con la realidad. Pero antes siquiera de que planeemos cualquier estrategia Alejandro nos pide el mapa con el que mostramos a los conductores nuestro recorrido y se baja del camión con un destino incierto y una sonrisa pícara en la cara. Se ve que mientras Arjona aclamaba realmente no estar tan solo, Alejandro se tomaba nuestra compañía muy enserio e ideaba alguna solución a un problema que al fin y al cabo no le era propio. Allá a lo lejos se divisaban algunas pequeñas casitas iluminadas de los carabineros chilenos y es desde allí de donde nuestro chofer regresa con una sonrisa victoriosa que se ilumina y distingue a pesar de la pesadez de la oscuridad. Nos consiguió un lugar donde pasar la noche, por lo que nos despedimos hasta mañana de este conductor tan particular, y emprendemos el camino adivinando un poco hacia donde irán nuestros pasos.

Quien nos recibe nos explica que las casas están todas ocupadas, pero que tiene una deshabitada que nos puede llegar a servir. Caminamos unos cuantos metros con rumbo incierto. Cuando nos pregunta si tenemos linterna entiendo que el lugar quizá no sea de lo más acogedor… De hecho abre una puerta rechinante y nos indica el camino hacia el interior de esta vieja casa que huele a mijo y a película de terror.



Gracias Dios, Jehová, Alá, los 12 apóstoles, la Virgen desata nudos, el universo y las estrellas, la luz de lo que vendría a ser el living funciona (y no pienso apagarla en toda la noche). Desarmamos los sillones y fabricamos una suerte de colchón, sobre el que tendemos nuestras bolsas. El resto de la casa no tiene luces, pero aún así me armo de coraje y me decido a explorarla, lo cual no hace más que alimentar mis fantasías hollywoodenses. Pero es mejor cerciorarse de que esto es efectivamente una casa, y no el refugio de un psicópata enmascarado cuyo brazo derecho finaliza en una motosierra. La casa tiene una cocina pequeña, un baño con bañera que afortunadamente no tiene cortina y dos dormitorios. Uno está repleto hasta el techo de lo que supongo son bolsas de mijo (me trae recuerdos difusos del gallinero que tenía mi abuelo, o del patio de la casa de Martín, su vecino que vendía forraje, o de la comida de los canarios, no lo sé bien. Es un olor que mi mente guarda bajo el rótulo de “recuerdos de la infancia – casa de la abuela Imperio”). La otra habitación es complicada: en la penumbra se distinguen cosas colgando del techo, que lejos de ser cadenas, hachas y elementos varios de tortura, son monturas y otros artículos relacionados con caballos, aunque necesito de la voz convencida de Juan para creerlo. Se ven bien cuando uno entiende su forma, pero me da miedo. Mejor me meto en la bolsa (sí, mejor, mucho mejor). Al menos acá no corre viento, hay luz y mi espalda se relaja contra una superficie acolchada.



Juan tose sin cesar y yo intento dormir. Le pido que me hable para distraerme y me duermo enseguida, confiada con egoísmo de que su tos no lo va a dejar dormir y se va a quedar despierto para cuidarme. No se cuando tiempo después abro los ojos. Juan ronca. Desgraciado. Intento conciliar el sueño pero me cuesta. Igual no siento frío y eso me reconforta. De repente la puerta se abre de manera violenta, rompiendo estrepitosamente el silencio. Mejor coordinados que cualquier ballet nos sentamos de un salto, para comprobar que sólo había sido el viento. (Otra vez gracias Dios, Jehová, Buda, el cielo, Alá, Jesús, el universo y las estrellas que había luz). Tengo miedo y es enserio. ¿Por qué será que de chica sentía un placer inexplicable al ver cualquier tipo de película de terror carente de todo argumento? ¿Qué tiene de excitante ver durante dos horas a un tipo con máscara que asesina repetitivamente a chicas que una y otra vez corren escaleras arriba de donde bien sabemos no se puede escapar? No lo sé, pero me las vi todas a escondidas de mi mamá, quién para evitar que siguiera mirándolas me prohibía quejarme del miedo. Maldita adrenalina adictiva. Lo peor es que de grande no me curé. Vienen a mi mente todas y cada una de esas imágenes, en especial la de Dollface, de la película The Strangers. Tengo miedo. El cuadro de la pared no ayuda mucho: un viejo jugando a las cartas con cara de desquiciado. Parece el novio de la abuela del Once J que relataba Elsa Bornemann (porque si mi mamá no me dejaba mirar tele buscaba terror en los libros) Sí, una masoquista definitivamente. Y ahora sola, porque Juan roncando no es de gran ayuda, tapada hasta la nariz en la casa del terror.

Finalmente y no sé bien cómo consigo dormirme para despertarme de la misma forma en que concilié el sueño acechada por el miedo: Alejandro se ha parado frente a la ventana, ñata contra el vidrio y las dos manos sobre los costados, para enfocar mejor. Desde allí nos observa, y yo pego un grito y un salto a la vez, haciéndolo reír a él y a Juan a quien envidio por haber descansado toda la noche.


Hace un par de semanas una amiga nos preguntaba dónde íbamos a estar para recibir al censo. Jamás pensé que en Chile… Hoy que el país se semi congela por tal evento, nosotros esperamos poder entrar sin problemas y finalmente llegar hasta Ushuaia. Así ingresamos a nuestra madre patria, declarando todo aquello que ya traemos del país –o mejor dicho del norte, como ellos le dicen a todo lo que quede del Estrecho de Magallanes para arriba-. Después de la frontera se divisan las primeras vacas junto con ovejas y corderitos. Un rato más tarde llegamos a Río Grande y nos despedimos de Alejandro, con la increíble noticia de que murió Nestor K, y todas las repercusiones que ello implica. No hay aquí mucho transito y no estamos tan lejos, pero sí muy ansiosos.

No esperamos mucho porque enseguida nos frenan con destino a Tolhuin, y siguiendo la costumbre de a avanzar de a pequeños tramos, nos subimos. Ahora sí el paisaje dfinitivamente es otro. Ver vacas implica redescubrir un tesoro, y el verde señaliza el inicio de una nueva naturaleza que deja atrás la seca y árida ruta 3 que venimos viendo.
Tolhuin pasará a mi memoria como sinónimo de barro, de verde frío y humedad, con la alegría de saber que la meta está cerca. Se bien en dónde estamos, pero aún así me cuesta asociarlo en mi mente al mapa que tantas veces vi. Ya haber llegado hasta aquí es un logro.



Después de almorzar unas galletitas con paté que entramos de contrabando (aunque lo habíamos comprado en Río Gallegos, territorio nacional. Todavía no entiendo….) salimos otra vez a la ruta. Nada esperamos porque enseguida se detiene Mauricio, alertado por el playero de la estación de servicio. La felicidad y la emoción no me entran en el cuerpo. Al fin estamos llegando a la meta sur, al fin voy a conocer Ushuaia. Todo es hermoso, para cualquier lado que uno mire. Los Andes se imponen con picos nevados, el horizonte se tiñe de verde y aunque no hayamos avanzado tanto siento que el desierto ventoso quedó muy, pero muy atrás. Papá tenía razón cuando me decía: “vas a ver, flaca. Ushuaia te va a encantar”.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Eventos educativos en Puerto Deseado y San Julián

Por Juan



A pesar de que el proyecto educativo que Laura y yo llevamos adelante mientras viajamos es gratuito, nos cuesta algunas veces llegar a las escuelas por las burocracias del sistema. En otras ocasiones sucede lo contrario, como en Puerto Deseado. Nosotros hacíamos dedo en las afueras de Caleta Olivia con la idea de llegar a San Julián, donde sí teníamos un evento agendado. Entonces nos frenó Anibal, un constructor oriundo de Chimpay, Río Negro, pero residente de Puerto Deseado. Con tal de que conociéramos su pueblo, Aníbal llamó por teléfono desde la ruta a sus contactos, y pronto estábamos dando una charla en la Fundación “Conociendo Nuestra Casa”.



La Fundaciòn está dirigida por Marcos Oliva Day, un referente local en historia, y también protagonista de diversas hazañas, como estar en el equipo que encontró el naufragio de la Corbeta Swift o cruzar el Cabo de Hornos en kayak. La ida de la fundación es promover entre los jóvenes el conocimiento de su propia ciudad, de la región patagónica, y del mundo, “como capas de una cebolla” y está orientada al cuidado ambiental.



En puerto San Julián la historia era distinta. Desde hacía semanas nos esperaban, gacias a la coordinación de Cristian, un lector, en la Universidad de la Patagonia Austral. A pesar de algunos inconvenientes técnicos pudimos mostrar las fotografías, aunque en la pantalla de nuestra netbook! La gente de la UNPA tuvo la mejor disposición, prepararon afiches y nos arreglaron entrevistas con las radios. La secretaria de extensión, incluso, nos invitó a almorzar pejerrey a su casa. ¡Gracias San Juliàn!

martes, 19 de octubre de 2010

Puerto Deseado, primer regalo del camino

Tras cuatro días de mal acostumbrarnos en Comodoro volvimos a retomar el sur, esta vez con la idea firme de llegar hasta San Julián.

Cuando uno planea un viaje a dedo por Patagonia el mapa carretero lo alienta, mostrando a la ruta 3 como una recta persistente, apenas interrumpida por un par de puntitos en donde el mochilero fija destino. Esta lógica empleada al momento de imaginar termina luego sabiendo a engaño y banquina, porque si bien en cierto que se avanza de a enormes zancadas también lo es que el transito disminuye al aumentar las latitudes y que el viento sopla como ningún atlas Firestone declara.

Así que ahí estábamos los dos, sabiendo que ya era tarde, a la vera de un semáforo feo en las afueras de la ciudad cara, a merced de algún conductor. Básicamente había dos grandes posibilidades estando ya en ese confín: o que nos llevaran a Caleta Olivia, apenas 70 km más al sur – lo que implicaba tener que procurar en poco tiempo donde dormir y perder así una noche más -, o bien que tuviésemos el número ganador con destino final San Julián, one way, non-stop over. Pero era ya demasiado tarde para pretender semejante tirón de una sola puntada.

Caleta Olivia tiene muy mala fama entre los mochileros después de que en el año 2004, en una competencia de autostop cuya meta era Ushuaia, dejara a más de uno echando raíces a la vera del camino. Desde entonces la innombrable se conoce como Calivia Oleta y es allí en dónde nos deja la Hi Lux hija del petróleo que nos levantó en Comodoro. Nuestra inocente pregunta sobre el lugar de origen de sus tripulantes fue respondida con la falsa afirmación de ser comodorenses. No quisimos insistir pues notamos que lo que nosotros preguntamos con simple curiosidad era quizá motivo de ataque social.

Una vez en la ciudad nos pusimos en contacto con Mariela, una vieja amiga de Raúl, nuestro amigo bahiense. Al ratito ya estábamos a bordo de su Lada Niva, sentados en el asiento trasero, mientras ella nos contaba su historia a puro volantazo y Roma, su pequeña hija, hacía sonar su chupete en el asiento de adelante, cinturón de seguridad ajustado. Cualquier semejanza entre Los Simpson y esta madre e hija, es pura casualidad.

Antes de dirigirnos a su casa Mariela nos ofreció hacer un pequeño tour por la ciudad, siendo que pensábamos partir al día siguiente. Emocionada por los elogios que Juan no dejaba de desparramar hacia el vehículo, Mariela comenzó a demostrar las destrezas del mismo, tomando velocidad y curvas por igual, sin dejar de repetir que ese bichito viejo era un as del 4x4. Ya casi llegando a los límites de la ciudad dimos con una ruta empinada cuyo fin no alcanzábamos a ver, y que claramente era transitada por cuatriciclos.
Cuando vi a Mariela encarar el camino con toda alegría y liviandad Juan y yo sincronizamos miradas. Lo que había del otro lado de la montaña bien podía ser el arcoíris de la felicidad, o un tremendo pozo petrolero abandonado. Escuchando los chupetazos de Roma me tranquilicé, pensando que si subíamos era porque Mariela sabía lo que hacía, ninguna madre arriesga a su bebé por impresionar a dos mochileros. Recordando nuevamente que el Lada era 4 x 4, pisó el acelerador a fondo y de pronto vi como el horizonte trazaba una diagonal en mi ventanilla. Tal vez pocos lo sepan, pero déjenme develar un secreto: si Juan pudo atravesar Irak o Afganistán y salir airoso es porque nunca se subió a una montaña o tuvo que poner a prueba su destreza física: sus casi 2 metros de altura meten miedo en el reino animal, pero lo convierten en un manojo de nervios si su estabilidad de ve afectada. Así que ahí íbamos los dos en un simpático autito ruso de los 90 en una empinada subida que nos pegó la espalda al asiento, sin saber en dónde íbamos a concluir. Casi llegando a la cima, a punto de develar el secreto, el auto se empaca y en esos microsegundos se suspenso Mariela atina a decir: Tiene 4x4…¡pero no sé cómo se usa! Montaña rusa en reversa, empezamos a caer en picada marcha atrás, pero sin perder el entusiasmo nuestra conductora clava los frenos y le dice a Juan: ¡aprovechá ahora, aprovechá y sacá fotos! En ese momento giré mi cabeza para ver a mi compañero y me encontré al flaco en posición de parturienta pero más nervioso, con los brazos tratando de agarrarse de donde se pudiera y la frente llena de sudor. Así, casi obedeciendo por inercia, manipuló como pudo su cámara, se aferró al auto con las uñas de los pies y logró sacar esta foto que comprueba mi historia:


Aunque no logramos avanzar mucho ese día, disfrutamos de la compañía y la hospitalidad de esta familia, que nos convidan una cena casera que reconforta. Afuera el viento castiga, y la velocidad con que vuela todo lo que el viento encuentra a su paso, nos hace sentir aún más agradecidos con ellos.



Antes de dormir Mariela nos acompaña hasta la habitación y nos advierte: “si de noche sienten mucho viento no se asusten, la casa se mueve pero no se cae”. Suerte que los tres chanchitos no vivían en Caleta...

Al día siguiente retomamos la ruta, viento en contra, esperando esta vez sí llegar a San Julián. Tengo la sensación de que si le ato una soguita a Juan en la cintura, lo remonto como un barrilete.
No esperamos mucho hasta que un vehículo se detiene. Se trata de Aníbal, un constructor que vive en Puerto Deseado. Esta ciudad, que se ubica justo en esa pancita sureña de nuestro país, está a unos 100 km de la ruta 3. Teníamos ya referencias sobre la belleza del lugar, pero no queremos tomar semejante desvío. Previendo las intenciones de nuestro conductor, le contamos que aunque nos encantaría visitar Deseado ya tenemos cita en San Julián debido a nuestro proyecto educativo. Aníbal nos escucha con atención, pero nuestro argumento no parece convencerlo. Sí se interesa sin embargo en el objetivo de las charlas, entonces nos canta truco con una carta a la que no podemos vencer: “¿Y no les interesaría dar esa misma charla en Deseado? Allá hay una fundación, yo los puedo presentar. Y por el alojamiento no se preocupen porque conseguimos el albergue municipal” Nosotros, que ya hemos aprendido a escuchar las señales de la ruta, nos vemos acorralados con semejante invitación que parece no tener fisura alguna, y terminamos aceptando el desvío. Ni bien su celular capta algo de señal Anibal comienza a hacer llamadas, hablándole a todo el mundo de nosotros, con un entusiasmo que contagia.


Llegamos al pueblo y ya nos esperan en la radio para hacer una nota. Luego a la municipalidad, y lo que podía ser un inconveniente se resuelve antes de que alcancemos a preocuparnos: el albergue municipal está repleto, pero Pamela, la coordinadora de secretarías nos ofrece su casa. De ahí a la casa de Marcos Oliva Day, un personaje muy respetable de este pueblo, que dirige la fundación “Conociendo Nuestra Casa”. La idea el lograr coordinar una charla para mañana, cosa que conseguimos.

Si algo he aprendido en este tiempo de viaje es que uno nunca sabe a quién tiene en frente. A veces quien aparenta ser un eximio termina siendo un señor estafador, o por el contrario, quien demuestra simpleza resulta ser una persona digna de admiración. Y este es el caso de Marcos. Con la misma naturalidad con que uno habla sobre su vida, él conversa acerca de navegantes, comenta la historia del pueblo o nos informa sobre fauna local. Como si no fuera consciente de todo el conocimiento que imparte, nos cuenta entre sonrisas que fue uno de los primeros en cruzar el Cabo de Hornos en kayak y que junto a unos intrépidos amigos descubrió en su juventud un naufragio de más de 200 años, que hoy es el eje de un museo. Todo un goonie contemporáneo.


Puerto Deseado tiene varios factores que lo distinguen de todo lo que venimos viendo hasta ahora, pero definitivamente lo que más se destaca es la ría. Para quienes desconozcan (yo tampoco lo sabía hasta acá), la ría es una entrada del mar en el cauce seco de un río. Este fenómeno tan poco común le da a esta ciudad un encanto natural inigualable y sorprende que siendo tan pintoresca no sea un destino turístico explotado. Ojo, las estadísticas engañan: si uno consulta a las autoridades va a encontrarse con un porcentaje de ocupación hotelera que sorprende en contraste con la falta de visitantes que se advierte en las calles. Esto se debe a una simple y curiosa razón: en Puerto Deseado los albergues transitorios están vedados, lo que resulta en amantes que se disfrazan de turistas para satisfacer fantasías de orden político, no sexual.

Pero la belleza natural de la ría no es lo único que se distingue. Mientras que todo a lo largo de la ruta 3 las construcciones están hechas de chapa o madera sobre la extensa planicie, en este pueblo abunda la piedra. Nos encontramos entonces con una arquitectura distinta, creativa y resistente. Tanto, que aún se mantiene en pie la estación de ferrocarril. No es sin embargo ese el detalle que sorprende y encanta, ya que si hay algo que abunda en nuestro país son los pueblos entristecidos que recuerdan hoy el esplendor que alguna vez conocieron sobre las vías. Lo que distingue a Deseado es la vigencia de esos lazos que unen a la gente con el tren. Sentí la piel de gallina al entrar en la estación, donde todo está tal cual estuvo alguna vez, permitiéndome sentir por unos instantes que vivía en carne propia esa época floreciente que ya era historia cuando yo nací.


Pero esto no es casualidad, es la propia gente de este pueblo la que se resiste a darle la espalda al pasado, la que se enorgullece de ser uno de los pocos lugares, sino el único, en donde este patrimonio se conserva intacto, y la que lo muestra sabiendo que lo que se tiene más que una pieza de museo es un tesoro. Tan claro tienen este concepto, que en una de sus plazas es posible admirar un vagón que fue rescatado por todo el pueblo de las manos amigas de lo ajeno, esas que sin ser de nadie desmantelaron todo cuanto encontraron a su paso. Acá no les fue tan fácil, los vecinos rodearon el vagón, hicieron vigilia y consiguieron que el mismo se quedara a donde pertenece. Aníbal me dice entre lamentos y orgullos: “el tren se murió, pero el reloj sigue vivo”, señalando la torre de la estación.


Más entrada la tarde somos recibidos en casa de Pamela, quien con toda confianza nos deja las llaves y se muda por unos días, para que estemos más cómodos. Infinitos agradecimientos.

Al día siguiente visitamos la Secretaría de Turismo, en donde también nos reciben con los brazos abiertos. Ellos parecen tan encantados como nosotros de que estemos en Deseado, y es el mismo secretario en persona quien nos sube a su auto y nos lleva a recorrer la costa, el cañadón del Indio, y los acantilados en donde anidan los cormoranes.
El viento roza los 80 km, lo que dificulta moverse, mucho más mantener el pulso y sacar fotos. Caminar implica un esfuerzo importantísimo, y no es difícil creer que si se abren los brazos finalmente lograremos volar. Aunque disfrutamos de estas condiciones por su novedad, lamentamos no poder salir a navegar con Marcos.
 

Al día siguiente nos vamos, no sin antes despedirnos de toda la gente que hemos conocido en este lugar escondido, como tesoro de piratas. Los 120 km que lo separan de ruta 3 son tiranos. Esa distancia que en proporciones porteñas sería insignificante, para este pueblo representa el aislamiento, la exclusión. Llegaron a agradecernos que hubiéramos hecho el sacrificio de tomar el desvío para visitarlos…


No puedo evitar pensar a Deseado desde un aspecto técnico, y súbitamente ideo un plan de difusión para promover el destino, acompañado de una buena política turística que incluya opciones de transporte y alojamiento. Sé que este lugar tiene para ofrecer mucho más que otros que ya están explotados. Pero entonces me doy cuenta de que todo el plan comercial que acabo de idear empañaría el brillo con que el pueblo nos hechizó. Seguramente la simpleza de sus habitantes se vería corrompida por la ambición monetaria que suele surgir junto con la actividad turística, y entonces Deseado pasaría a ser un destino más. Suerte que puedo darme cuenta de eso… La universidad nos forma para explotar nuevas oportunidades, y a veces los lugares explotan literalmente y terminan siendo vulgares vestigios de cuando eran encantadores. Borro completamente mi plan turístico para la ciudad. Me conformo simplemente con dejar sentado en este blog que aún existen lugares inexplorados que valen la pena visitar. Puerto Deseado es uno de esos, y yo los invito.

Vale la pena...

sábado, 16 de octubre de 2010

Como de Oro Rivadavia

Considerando que uno de los objetivos de este viaje es derribar un poco los prejuicios y estereotipos, tratamos de tomar con pinzas las opiniones que la gente local siempre tiene respecto a la próxima ciudad que pensamos visitar. Es por el mismo motivo que evitamos mirar muchas fotos por anticipado, precisamente para llegar lo más “limpios” posibles, y poder ser así auténticos y objetivos a la hora de vivir la experiencia. Sin embargo, con Comodoro la cosa se iba a complicar: dos adjetivos se peleaban, cabeza a cabeza, el primer puesto a la hora de definir esta ciudad. Dos, y solo dos, como si de una reñida final de cualidades se tratase: fea y cara. En orden aleatorio según los gustos de cada persona, esas parecían ser las dos características resaltantes de este lugar al que todavía no habíamos llegado, y que ya parecía sacarnos las ganas de ir. Tomamos las primeras opiniones con poca importancia, pero a medida que pasaba el tiempo notamos que aún cambiando de entornos las valoraciones eran siempre las mismas, y que por lo general venían acompañadas de algún que otro fruncimiento de ceño y nariz. Así que empezamos a encuestar cada vez a más personas, esperando encontrar finalmente al ganador, a aquél a quien sonrientes pudiéramos decirle: “Felicitaciones, es usted el interlocutor número 1 que no defenestra a la pobre Comodoro Rivadavia. Se ha ganado nuestra simpatía”. Pero la búsqueda del agraciado nos resultó imposible. Era como si de repente, todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo secretamente, porque no hubo nadie que no se aferrara a estas dos palabras, ni siquiera alguien que por piedad dejara de lado alguna de las dos. Para todos Comodoro es fea y cara.

Con este panorama abandonamos Madryn, intrigados por la mala fama de la próxima parada y ansiosos por ver cómo evolucionaba nuestra relación con la ruta a medida que avanzábamos hacia el sur. Siendo que la experiencia en Viedma había rozado los límites de nuestra paciencia, volver a encontrarnos solos en la ruta, viendo como los Laterza se alejaban agitando las manos, nos puso a redoblar el corazón. Allí estábamos los cuatro otra vez: nosotros y nuestras firmes mochilas que no tardaron a bañarse de polvo envestidas por el viento constante. Cuidándonos el uno al otro, no nos confesamos la ansiedad que sentíamos por lo que estaba por venir, pero ambos sabíamos que los nervios eran más que compartidos. Esta era una nueva prueba, una muestra de lo que podía ser esa Patagonia que recién abordábamos y que no había tardado en mostrar los dientes.

Con el viento en pleno rock and roll hicimos base en la YPF y empezamos nuestro número, mapa en mano, con cada vehículo que se acercaba. Media hora de intentos y llegarían los primeros voluntarios: una parejita que arrepentida de la primera respuesta negativa volvió a buscarnos para llevarnos hasta Trelew. Nada mal para un reencuentro con la Ruta 3. Hacía allá fuimos, con pequeño city tour incluido y parada final en la estación de servicio de la salida del pueblo. Quince minutos bastaron para que estuviéramos de nuevo en ruta, en el C3 de Cacho, un mendocino que vive un mes en Comodoro y 15 días en Malargüe, visitando a su pequeño hijo. Poco más 1800 km de ida, y otros 1800 de vuelta. Un gran sacrificio que los miles mensuales del petróleo pagan. Ante nuestra pregunta sobre cómo era la ciudad, no sólo enumeró los tan conocidos adjetivos, sino que nos advirtió que la gente “es muy, pero muy mala onda”. Linda previa.

A medida que avanzábamos el camino se volvía más y más árido y comenzaban a observarse esas elegantes maquinarias llamadas guanacos o cigüeñas, según la región, encargadas de extraer petróleo. No importa la opinión ecologista o capitalista que uno pueda tener respecto a la actividad, es inevitable sentir simpatía por estos aparatos que se irguen señoriales en el horizonte, dando un incesante ejemplo ya sea de trabajo perseverante o bien de ambición incansable.



Una vez llegados a la ciudad, Cacho nos condujo hasta casa de Francisco, nuestro couch. Elegimos quedarnos en su casa por ser ellos una familia numerosa, dispuestos a compartir. Cuando leímos en su perfil que eran cristianos, debo admitir que sentimos un poco de temor a que eso resultara una barrera. Me considero respetuosa de todos los credos, siempre y cuando no haya una continua intención de convertir mis creencias o un constante machaque en cualquier conversación. Pero una cosa es poner un límite en el propio territorio, y otra muy distinta es pretender hacerlo en casa ajena. Así que hacia allá fuimos, un poco cautelosos y a la vez con ganas de que esta experiencia fuera diferente.


Muy para nuestra sorpresa nos recibió Jennifer, una chica colombiana, que viendo mi cara de mareo total me explicó que ella también era huésped, y que junto con Stefan, un chico australiano, estaban en casa de Francisco desde hacía un par de días. Ya si siendo cinco bajo el mismo techo aceptaban alojar a cuatro entonces debían ser una familia muy especial. Y de hecho lo son: Francisco es peruano y hace más de 25 años que reside en el país. Está casado de con Laura, oriunda de Las Rosas, y tienen 3 hijos. Son cristianos, sí, pero la única forma de saberlo es leyendo su perfil, o preguntando en profundidad, porque ellos no profesan con la palabra sino con la acción, y eso me gusta. Así, tienen una parte de la casa destinada exclusivamente a recibir gente de couch, porque comprenden que la palabra de Dios se ve manifestada en la ayuda al prójimo, y eso no implica únicamente donar ropa a Caritas un par de veces al año, sino que la ayuda se puede dar todos los días, y el prójimo somos todos.



Esta estadía se vuelve repentinamente una gran enseñanza espiritual, y aunque aún no conocíamos la ciudad, el calificativo Feo se ponía en duda.

Jennifer resultó ser, con sus escasos 22 años, una enseñanza viviente. Su confianza en el Universo, que todo lo guía, puede o no ser entendía, pero me resultan interesantes sus conclusiones, similares a las de Juanca en Necochea. Así, guía ella su vida en base a las señales del universo, confía en el poder de la energía, de la palabra y en que las cosas fluyen. Jenny estudió sonoterapia, y en su abultada mochila transporta distintos elementos con los que practica su sanación. Entre ellos llama la atención un pesadísimo cuenco tibetano, que Jenny hace sonar golpeándolo suavemente, explicándonos el poder de las vibraciones sobre el alineamiento de nuestro cuerpo. Muy interesante. Más tarde llena el cuenco de agua y haciendo girar la misma vara con la que antes lo golpeaba nos muestra como emergen burbujas y cómo las mismas cambian a medida que nosotros hablamos del viaje o de cosas que amamos, poniendo mucha energía sobre el camino que resta hacia Groenlandia. Todo probablemente explicable en el desconocido terreno de la física (odio a veces mi escepticismo extremo). Sin embargo dejo mis vicios de lado y lo disfruto porque sé que ella lo hace con el corazón, así que trato de abrirme y de dejar que su energía me llegue.


La casa de nuestro anfitrión está ubicada sobre un cerro, a la entrada desde la ciudad. Tiene una magnifica vista al mar, pero aún así el paisaje lunar no termina de convencerme. Hay algo raro en Comodoro. Decidimos ir a explorar con nuestros propios ojos y antes de que podamos siquiera considerar la belleza del lugar comprobamos que en materia económica la ciudad vive otra realidad paralela a nuestro país. Acá todo se paga en precio oro: $40 el kg de morrones, $16 el de tomate ¡en super oferta!, $350 el peor par de sandalias marca once, $45 el kg de asado y así sucesivamente. Y de las cosas que estamos habituados a que sean caras, mejor ni hablar. Definitivamente, primer prejuicio comprobado. Claro, teniendo en cuenta que la mitad de la ciudad vive del petróleo y que el empleado menos calificado gana un sueldo que ronda los 10 mil pesos, se explica entonces que la ciudad esté inundada de Hi Lux, incluso estacionados frente a casas de chapa que a duras penas sobreviven al viento. Dentro del supermercado es otro planeta. Hacía años, muchos años, que no veía tantos changos llenos. Había incluso gente que se las rebuscaba para maniobrar con dos a la vez, rebalsados de mercadería. Las cajas rápidas, una especie en extinción. Mientras en los últimos años me acostumbré a que en los supermercados la gente controlara el código de barras del producto con el precio declarado en la estantería (ja, si te habré sacado la ficha Carrefour!), en Comodoro las mujeres parecían jugar básquet con los paquetes de fideos importados, que cargaban en cantidades industriales, sin siquiera mirar el importe. Los niños, nada de perseguir a sus padres tironeando del pantalón por un paquete de papas fritas, independientes tiraban lo que querían adentro del chango. Los caprichos son cosas de pobres. Soberbio. Creo que la ridiculez llegó a su climax cuando presencié como una mamá despreocupada consultaba a su pequeño hijo de unos 4 años qué juego de ollas llevar: si el de $540 o el de $720, cuya única diferencia consistía en un jarrito más, y atender a las preferencias del niño que se inclinó por el más caro “porque tiene florcitas naranjas, mamá”. El colmo. No solo que los precios son completamente intergalácticos, sino que a la gente parece no importarle. Es como si de la billetera sacaran esos papelitos del Juego de la Vida que simulan tener valor, pero que en realidad carecen del mismo totalmente. Petro pesos les llaman. Acá no hay chinos, no hay once, no hay opción barata. ¿Y la gente común? ¿Hay gente común, gente como uno? ¿O todos viven del oro negro? No, no todos. Hay gente que se considera común, pero que en los números dista también de serlo. No ganarán lo que el petrolero, pero aún así ganan bastante más que en cualquier parte del país, así que todos luchando por su pedacito de America. (Porque por su pedacito de tierra imposible, si consideramos que el terreno más cualunque ronda los 250 mil pesos….)




Ahora bien, ¿es tan fea? Yo traté de mirarla con lindos ojos, entorné mis pestañas buscando algún matiz que la rescatara, algo sobre lo que escribir que pudiera opacar las demás opiniones. Bueno, me costó y mucho. Comodoro tiene montañas y mar, pero no como las montañas que uno imagina. Las de allá son peladas, como de arcilla, sin acabar. Y en lo que a estructura de refiere, da la sensación de que la gente está de paso, que es una ciudad que en 10 años se va a desarmar, cuando ya no haya nada que extraer de la tierra. No hay bellezas arquitectónicas, ni esquinas hermoseadas, ni siquiera me atrevo a decir que hay un mínimo de planeamiento. La ciudad fue creciendo en paralelo al mar y se hizo larga. Tiene paisajes más bonitos, como Rada Tilly, una villa construida para los más pudientes, o algunas playas al norte, pero como ciudad…creo que los prejuiciosos van teniendo razón. Una sola persona me dijo que le encanta Comodoro, y esa fue Angeles, mi amiga nicoleña que vive acá hace unos 6 años. Pero sus argumentos están más relacionados con la economía que con lo que yo busco en una ciudad… El costo de vida que ella declara supera en 3 veces al mejor sueldo que alguna vez tuve en Buenos Aires. Ni que hablar de su salario. Pero así todo, es evidente que pudo hacerse de una gran cantidad de bienes materiales debido al alto sueldo que ofrece la ciudad, a pesar de ser tan cara. Y acá vuelvo a citar a Raúl, ese gran filósofo encubierto que nos explicó que si ganás 75 pero para vivir necesitas 73, en definitiva no sos tan rico. Tal vez ella tenga razón y yo sea demasiado romántica… Pero no sé si me interesaría poder comprarme un plasma para cada ambiente de mi casa, si tengo que vivir encerrada para no volarme con el viento, si no hay ni un cuadradito de pasto donde saciar la sed de la planta de mis pies.

martes, 12 de octubre de 2010

Puerto Madryn, otra mirada

Llegamos a Madryn algo cabizbajos, un poco desalentados por el desaire con que Patagonia nos había recibido, con largas esperas en la banquina, conductores que nos arrimaban de a centavos y poca simpatía en general. Dicen que para llamar la atención de alguien no hay mejor remedio que matarlo con la indiferencia, y esa es la táctica con que la ruta sureña nos estaba poniendo los puntos. Habíamos arrancado desde Mar del Plata con un plan soberbio, con la idea de recorrer esta región en una ambiciosa carrera maratónica, pero con poca experiencia en suelo austral. Bastaron unos pocos días para que empezáramos a dudar de nuestro esquema…

El programa que teníamos para la ciudad era sencillo: nos íbamos a hospedar en casa de Pato, un lector a quien aún no conocíamos, e íbamos a utilizar los otros dos días para conocer la península y Punta Tombo. Ya teníamos las excursiones arregladas con el operador con quien trabajé durante mucho tiempo, por lo que no teníamos que preocuparnos más que de ser dos simples turistas.

Ni bien llegamos nos encontramos con Patricio y allí surgió el primer imprevisto: una cañería rota le impedía darnos alojamiento, pero él ya había conseguido quien nos prestara un pequeño departamento en donde íbamos a estar muy cómodos. Pato es entrenador de básquet, ama el deporte y su profesión, “pero no puede con los dilemas morales”… Distinto de lo que hubiera podido imaginar, estos dilemas no son un simple tirón de orejas de la conciencia por formar parte de un mundo tan exigente y competitivo, sino una premisa con que Pato guía sus decisiones. Así, pese a sus óptimos resultados desertó de dirigir en primera al darse cuenta de que el talento no siempre es proporcional al éxito, y que como en todo ambiente hay quienes juegan limpio y hay quienes no tanto… Y ni que decir del tema económico, Pato señala “no entiendo cómo pueden ganar tanto y no sentirse culpables”. Por eso decidió dedicarse a los más chicos “que todavía tienen la inocencia para jugar con el corazón”. Giro rotundo a mi preconcepto de lo que podía ser un entrenador de cualquier deporte.

Nos instalamos entonces en el departamento que resultó ser para alquiler de turistas, y que aunque Pato nos juró y perjuró que lo había conseguido de prestado, me guardo mis serias sospechas…

Los días que siguieron nos dedicamos a las excursiones, camuflándonos con el resto de los pasajeros de contingente, y aprovechando la posibilidad de conocer todo eso que sin vehículo se hace medio difícil, más si se lo quiere hacer en un mismo día. Fue raro para mí estar del otro lado. Me pasé los últimos cuatro años de mi vida vendiéndole a turistas extranjeros excursiones y hoteles que yo jamás había visto, a excepción de Iguazú. Hay un mail que circula entre los agentes de viajes que dicen que uno es un gran actor, un gran psicólogo, adivino, meteorólogo, aviador, sommelier, orador, geógrafo, etc., etc. Es un chiste que nos hacemos a nosotros mismos para consolarnos de la realidad que la mayoría de los profesionales de turismo vive: tenemos que trabajar con productos que raras veces se conocen en su totalidad, y estar lo suficientemente capacitados para responder las más diversas inquietudes y cuestiones de los clientes. Por eso es importante viajar, experimentar en carne propia la experiencia, antes de mandar al matadero al pobre pasajero que antes de contratar nos preguntó acerca de las mareas, el apareamiento de las ballenas, la duración de la lluvia en Madryn (cosa de que si llueve más de lo que vos le dijiste te puedan pedir un reembolso), la estatura promedio de un pingüino, el humor de los lobos marinos, la ropa que llevar en la valija y una exhaustiva descripción del desayuno (también para poder quejarse si en vez de mermelada de durazno como vos le dijiste había sólo de ciruela). Una vez, no miento, me preguntaron de qué madera estaban hechos los muebles del hotel, antes de contratar. Así que pido disculpas al curioso lector que se zambulle en mis aventuras: esta vez se me hace imposible separar a la viajera de la profesional, a la teórica de la práctica, así que advierto que durante los próximos párrafos será usted testigo de una serie de reflexiones hechas con una mirada un tanto peculiar…

Los dos días de excursión fueron provechosos pero realmente cansadores (pienso ahora en cómo nosotros, desgraciados, vendimos tantas veces Madryn en 3 noches, lo justito para que el pasajero le saque la foto al pingüino y a la cola de la ballena y se vuelva a Buenos Aires, o lo que es peor, siga rumbo al sur). Después de la primer jornada en donde visitamos la península en casi toda su extensión necesitamos de un día entero para reponernos de los kilómetros de ripio, procesar la información de la guía, y ver todas las fotos que sacamos. Y después de ese día, derecho a Punta Tombo para necesitar una vez más de otro día para descansar de las vacaciones….

Al margen de la belleza que se desprende de un sitio natural tan particular como este, fue realmente enriquecedor contar con una guía apasionada por su trabajo, que nos enseñó datos muy interesantes sobre la fauna del lugar. Es curioso porque en esta ciudad uno tiene la sensación de que hasta debajo de la tapa del inodoro uno se va a encontrar con una ballena. La ikmagen está tan explotada que termina perdiendo un poco el encanto para volverse un ícono distintivo. Sin embargo la fauna d ela región es muchísimo más amplia e igual de interesante. Hemos visto especies sobre las cuales nunca había oído hablar, como maras o choiques, además de pingüinos, lobos marinos y elefantes. Para los que piensan que Madryn es solo ver colitas de ballenas saliendo del agua, acá les cuento algunas cosas que yo tampoco sabía:
  • los elefantes marinos, así tumultuosos y fofos como uno los ve, son animales que viven solos, excepto en épocas de apareamiento y que pueden realizar increíbles apneas a grandes profundidades,
  • la hembra sale a tierra para parir, y después de ¡5 días! ya está lista para copular y preñarse otra vez. Amamanta al cachorro durante cerca de un mes y pierde un tercio de su peso. Después de ese tiempo vuelve al mar a alimentars y el cachorro se queda solito, aprendiendo todo por instinto,
  • los pingüinos vuelven todos los años al mismo nido a aparearse con la misma pareja del año anterior, y se turnan para empollar,
  • los choiquies machos (un animal pariente del avestruz que nunca, pero nunca, sale en los folletos turísticos y que tiene toda la onda) son los que empollan y crían a los pichones y si ven a otros pichones solitos los adoptan,
  • los pichones se comunican antes de nacer para romper el cascarón todos juntos, el mismo día, y ser así menos vulnerables a los depredadores
De más está decir que el espectáculo de las ballenas, tanto desde la costa (donde se ven impresionantemente cerca) como desde la embarcación, es algo impactante. Es inevitable sentirse ajeno, invasor, viendo como las mamás protegían a sus crías de esta suerte de cazadores fotográficos, que rara vez comprenden que es uno quien está de más y que el océano no es la casa central de Mundo Marino. Sepan disculpar si me excedo, mi visión del mundo no es toda negativa, es simplemente que en situaciones como esta comprendo que la especie humana está sobrevaluada, y no puedo evitar quitar mi vista de la naturaleza para criticar el comportamiento cavernícola del hombre civilizado.

En Punta Tombo fue mucho más notorio que es el hombre quien está de más. Desde un punto de vista técnico, se supone que si uno entra a un área natural reservada, o un Parque Nacional, debería existir lo que en turismo llamamos capacidad de carga, que no es ni más ni menos que la cantidad de visitantes que un destino puede soportar por día, sin comprometer su conservación a largo plazo. En este lugar no sólo que eso no se ve, sino que por el contrario, la explotación desmedida resulta aberrante. Por la módica suma de $12 uno puede ingresar a un área en donde viven cerca de un millón de pingüinos, entre adultos y pichones. Hay nidos por todas partes y existe un pequeño sendero por el cual uno debe transitar, sin salirse de los límites para no molestar a los animales. De más está decir que hay que hacerlo en silencio, y que no hay que acercarse más allá de lo que
ellos se acerquen a nosotros.


  Muy linda la explicación, ahora pasemos a la realidad. Si ya de por sí esta zona se llena de gente, imagínense un fin de semana largo como el que fuimos nosotros. No es obligatorio ingresar con guía, por lo cual el control dentro del paseo se reduce a casi cero. La gente entra en caravana, al grito desaforado de: ¡Mirá, Marta: un pingüino!, corriendo detrás de los pobres animales, empleando cualquier recurso con tal de llevarse la foto conmemorativa (hemos visto gente aplaudirle al bicho en la cara, acorralarlo, gritarle), intentando tocarlos o, lo que es peor, incitando a sus pequeños niños a jugar con los pingüinos como si de un perro se tratara. Aberrante. Hubo quienes incluso quisieron agarrar un huevo “para ver cómo es”, o “de recuerdo”… ¿Resultado? Juan y yo peleándonos con medio contingente, amargándonos por los pobres animales a quienes lejos de proteger se los expone con un único fin comercial, que no hay que ser eximio para darse cuenta de que así, no va a durar para siempre.  Se que se hacen trabajos de investigación y que hay científicos estudiándolos con fines válidos, pero el stress al que someten los animales para que nosotros los humanos nos vayamos contentos es algo que me cuesta aceptar. No veo mal que uno pueda visitar  estos lugares, de hecho hubo momentos en que disfruté muchísimo porque muchas veces son ellos quienes se acercan y porque jamás había tenido pingüinos tan cerca. Y son hermosos, reconozco que uno siente una ternura con forma de abrazo impulsivo. Pero hay que ser conscientes e idear un plan para minimizar el impacto, para controlar a la gente y medir la cantidad de visitantes en un día. Si no, es lógico que esto tiene un corto futuro…y es una pena enorme.




 Se puede convivir en paz...

Por todo esto que contamos,  nuestra estadía en Madryn pasó de los 3 días planificados, a 5 días reales, que fueron posible no solo por el cansancio merecido de recorrer tanto, sino también por la cálida estadía. Del comodísimo departamento en que Pato nos había dejado, pasamos a la casa de Karina y su familia, amigos de Pato y miembros del universo basquetbolista. Una familia que a la hora de mudarse tuvieron como único requisito tener una habitación extra en la casa, para poder alojar a otros nenes que vinieran a practicar el deporte, y que ahora inauguramos nosotros dos en el rubro  de “no basquetbolistas”.  Estar en casa de familia nos da la posibilidad de sentirnos contenidos, de no extrañar tanto a los nuestros y de poder compartir desde la simpleza de un mate hasta un domingo de sobremesa. Y tan bien nos sentimos que se nos fuimos quedando un día más, y otro, y otro. A mí particularmente me gustó poder vivir de cerca un ambiente familiar que gira en torno al deporte. Eso es algo que en mi casa nunca tuve, y que en esta familia se vive de manera natural. Y aprendimos mucho, y disfrutamos.


Si uno normalmente se siente ligado a la gente con quien compartió una partecita de su vida, con la familia Laterza y con Pato esos lazos fueron un poquito más allá y tanto Juan como yo quedamos unidos a ellos, sabiendo que nos vamos a volver a ver, porque nosotros vamos a buscar esa oportunidad.  Citando a nuestro primer anfitrión en esta ciudad “La soledad se sufre más en las buenas que en las malas”, y por eso valoramos tanto que nos abran las puertas desinteresadamente, permitiéndonos compartir la felicidad es para nosotros poder vivir de esta manera. Nos queda pendiente verlo jugar a Nacho (promesa argentina del básquet a quien tuvimos el gusto de conocer en esta etapa tan importante), verlo viajar a Pato, y ver más viajeros en la casa de esta familia. Ya nos volveremos a ver…

miércoles, 6 de octubre de 2010

Pequeñas historias de grandes personas - (Capítulo II)

Cuando Juan me dijo que en Bahía nos esperaba Raúl Antón, visualicé en mi mente a un hombre alto, delgado, de pelo oscuro y bigotes. Nunca se nos había ocurrido hablar sobre él antes del viaje, por lo que inconscientemente cree una idea con los pocos recursos que tenía. No sé por qué, pero asociaba su nombre al de un intelectual, un filósofo de esos con aires señoriales cuyos rostros uno imagina perfectamente impresos en algún billete o estampilla. Tal vez por el ímpetu que impone un nombre tan corto con dos acentuaciones finales, como los acordes concluyentes de un tango que son una liberación de energía tras otra, la imagen de Raúl tenía presencia firme en mi mente. Era como si alguien me dijera: “Dudás de Raúl? Acá viene el Antón! Chan, chan!” y aniquilara cualquier posibilidad de desconfianza.

Fue por todo eso, que cuando divisé a un hombre joven, de estatura media y de una contextura robusta tardé en asociarlo con lo único que sabía realmente sobre él: su nombre. Completamente alejado de la fotografía que con mi imaginación había creado, Raúl nos recibió en su casa con gran entusiasmo. Lo primero que dnoté cuando entré a su departamento fue una gran biblioteca del piso hasta suelo, con libros de todo tipo. Sentí un pequeño placer interno al saber que en ese punto la realidad no distaba tanto de mi fantasía…

Llegamos medio sobre la hora y mientras yo contactaba a los lectores bahienses para hacerles entrega del libro, Juan lidiaba con los 5 centavos de turno que siempre, indefectiblemente, nos faltan para el peso. Esta vez se nos habían caído los ganchitos de la abrochadora en el camino así que debíamos revolver en nuestro ingenio para hallar la manera de que el libro pudiera finalmente serlo, y entregarlo en condiciones aceptables. Y nos quedaba menos de media hora…

Pero como siempre las cosas se resuelven, esta vez unas gomitas oficiaron de encuadernación, y así fue como esa noche nos reunimos con algunos lectores para compartir una linda charla, que concluyó con la pizza de panceta más rica y menos saludable que probé en toda mi vida.



En la biblioteca de Raúl abundan los libros de algebra, economía y marketing, aunque se pueden encontrar también algunos clásicos de la literatura, libros de sociología y de filosofía. Un combo perfecto que resulta en una persona con ideas tan integradas como interesantes. Si a esto le sumamos un humor ácido pero inteligente, más una carcajada por demás de contagiosa, terminamos obteniendo charlas jugosas y comiquísimas hasta altas horas de la noche, en donde las conclusiones son tan extravagantes como certeras. Lo que más nos marcó a Juan y a mí fue su explicación simple de cómo funciona la economía aplicada a nuestro caso. Sucede que en más de una oportunidad la intriga más inquietante de le gente se reduce a la típica pregunta: ¿Pero ustedes de qué viven? Esa cuestión, que muchas veces más que una duda es una indagación con un cierto aire de recelo, no tiene una respuesta fácil. No porque tengamos algo que ocultar, sino porque notamos que mientras hablamos mucha gente nos mira con cara de total desconcierto, esperando que terminemos, para volver a disparar: ¿Pero ustedes de qué viven? Frente a esta situación, Raúl razona de la siguiente manera: “75 menos 73 es igual a 2, 5 menos 3…también es igual a 2. La gente que genera 75 pero gasta 73 en el camino, en definitiva obtiene lo mismo que el que genera 5 y gasta 3. Ustedes generan lo que necesitan para vivir, y viven bien, no es necesario ganar más. Es lógico.”

Al día siguiente Raúl nos lleva hasta Rodovía, una mega estación de servicio a la salida de la ciudad, donde nos sucede algo que jamás me había ocurrido: el gerente aplica el derecho de admisión contra nosotros. Así, deliberadamente y sin argumento coherente, nos informa que “no podemos quedarnos en la estación con las mochilas, porque dan una mala imagen para los clientes”. Ahora que lo escribo me da risa la ignorancia de esa persona, que por poseer una super estructura se cree superior a nosotros, pero en ese momento me sentí dolida. En primer lugar porque yo estaba consumiendo en el mini mercado, cosa que no le importó. Su único problema era la mochila, podía quedarme pero sin ella, lo que seguramente no hubiera ocurrido si yo tuviese una valija con rueditas. En segundo lugar, porque los clientes a los que él estaba resguardando de nuestra mala imagen eran personas trabajadoras de bajos recursos, cuyos autos latosos no superaban en valor el equipo técnico que nosotros cargamos y ni qué decir de su aspecto, pero que sin embargo se sentían incómodos ante nuestra presencia, por el solo hecho de ser mochileros… No vale la pena discutir con gente así, por lo que retuve la catarata de insultos y me limite a desearle un poco más de cultura general y de educación. No se puede renegar con gente ignorante.

Ahí nos quedamos un buen rato malhumorados por la situación y el disgusto, hasta que finalmente Jairo se apiadó de nosotros y nos acercó con su auto hasta Lugones. Teníamos intensión hoy de llegar hasta Patagones, pero viendo la hora y cómo el tráfico va disminuyendo a medida que uno se acerca al sur, vamos a llegar hasta donde podamos. Y ese hasta donde podamos resulta ser la entrada de Villalonga, en donde no conseguimos quien nos frenara y optamos por acampar. Frente a la desolación del paisaje que se mece de la mano del viento, la estación de servicio aledaña se nos presenta como única alternativa de refugio. Y antes de que podamos planificar demasiado conocemos a José, camionero a bordo de un Scania, que como si de mamá gallina se tratara ofrece acomodar su nave para acobijar nuestra pequeña carpa que junto al camión multiplica su fragilidad en apariencia.

José es camionero desde chico, pero tenemos algo en común: tanto él como nosotros rompemos con el estereotipo del rótulo que llevamos. Él es un camionero peculiar: lejos de parecerse a mi abuelo Ramiro, José es obsesivo por la limpieza. Nos confiesa que no es de levantar gente en la ruta “porque tiene muchos escrúpulos” y le da asco compartir el mate, la botella o su cama con gente que no conoce. (Frente a tales declaraciones empiezo a controlar más mi actitud y la de Juan, no sea cosa de andar molestando). Nos cuenta mucho sobre su familia, la devoción por su hijo y su mujer, pero lo que más nos atrapa son los relatos sobre su trabajo, que José cuenta con un arte que cualquier profesor de historia envidiaría. Me sumerjo en sus cuentos como si de una novela se tratara, y ya ni me acuerdo que hace frío, que somos completos desconocidos o que voy a dormir en carpa. Los detalles de sus anécdotas son predecibles, pero no por ello dejan de sorprender o alarmar. José trabaja para una empresa y cumple las órdenes del patrón. Así nos cuenta como lo hacen cargar y descarga en tiempo récrod, a horas insólitas, cómo los jefes lo obligan a romper con las normas de seguridad para poder agarrar más trabajo, resignando sus horas de sueño o de alimentación. Él me lo cuenta indignado, haciendo con nosotros una especie de catarsis express, que alivia un poco su merecida bronca, pero que poco resuelve en realidad.

Lo que me gusta de José (y creo que eso me incita más a seguir escuchando) es que sin lamentarse o sentir pena de sí mismo, él lo cuenta con enojo y a la vez concluye la historia con orgullo por la actitud que toma frente a las circunstancias. Él no cede, no se deja pisar, “no se casa con nadie”. Su forma de pensar es muy similar a la mía, ya que lejos de venerar el trabajo, José lo usa como una herramienta para ser feliz, pero no se entrega “´porque el bienestar de uno siempre está primero”.
José nos da las buenas noches y me despide con un consejo común, pero que viniendo de él me gratifica: “de lo que vos elegiste para tu felicidad no te arrepientas nunca”.


Lo que nos resta del camino para llegar a Madryn se hace tarea difícil, ya que la ruta parece haberse empecinado en mostrar quién manda, y cada auto que para no nos lleva más allá del pueblito siguiente, y así es como vamos avanzando de a un casillero, en este inmenso tablero que es nuestro mapa.



(Al menos me saqué las ganas de conocer Carmen de Patagones, el extremo opuesto de mi natal San Nicolás. Aunque mi ciudad le gana en tamaño, confieso que en hermosura nos quedamos muy, pero muy chiquitos)