lunes, 26 de octubre de 2009

Que alguien me explique el Obelisco

El lunes pasado estaba mirando el CQTest cuando una de esas mellicitas griegas, que además de saber poco de la vida tienen una voz estridente y se la pasan gritando, afirmó con toda soltura que la capital de Buenos Aires es el Obelisco. Dónde se vio Dios mío que una construcción, edificio, o monumento puedan ser capital de algo… ‘Lo dijeron porque es lo más característico’, dijo uno por ahí (menos mal que le preguntaron de Buenos Aires porque según su lógica la capital de Misiones serían las cataratas y la de Chubut las ballenas….pobre Chubut! Menos mal que las ballenas vuelven en junio porque sino desde diciembre se quedan sin capital!)

En fin, más allá de mi indignación pasajera, me puse a pensar seriamente en el Obelisco. En toda la construcción en sí, tan simbólica, tan fálica, tan “ceméntica”, tan central. ¿De dónde sale el obelisco? Su historia dice “el obelisco es un monumento construido con motivo del cuarto centenario de la primera fundación de la ciudad. La obra comenzó el 20 de marzo de 1936 y fue inaugurada el 23 de mayo de ese año, etc.”. Ahora bien, mucho dato histórico pero, ¿qué representa el obelisco en sí? La gente en la calle tiene respuestas varias ‘Es el símbolo de nuestra ciudad’. ‘Es el centro del país’ (esta si que me mató, pobre pibe nunca vio un mapa en su vida…bien porteño egocéntrico) ‘Es lo que nos representa ‘(¿?).


A mi lo que me llama la atención en primera instancia es esa manía que tienen los porteños por ir a celebrar todo al Obelisco. Desde un partido de fútbol hasta una campaña ecológica o el aniversario de algo. El obelisco recibe a todos y para todo. Lo hemos visto con bandera alemana y argentina, disfrazado de condón, lleno de vasitos de plástico y hasta como escenografía de un espectáculo religioso. A veces me pregunto qué diría si pudiera hablar, qué opinaría de todo esto. ¿A nadie se le ocurrió que a lo mejor no le gusta? ¿Nadie se puso a pensar que el Sr. Obelisco tal vez no quiera ser el centro de atención? O a lo mejor está orgulloso de estar ahí erguido, pase lo que pase…
Yo no sé que explicación tiene ese montón de metros de cemento acumulado. A mí en lo personal el obelisco me atrapa. Me acuerdo las veces que cruzaba Santa Fe con el 152 como el cielo se abría ante mí en la 9 de julio, y buscar desde lejos el Obelisco era algo obligatorio. Esa sensación exacta de que de repente la ciudad de abre, se parte al medio y ahí aparece el gigante inútil observando todo. (Igual el Monumento a la Bandera, sigue teniendo el 1er puesto…que se le va a hacer)






P.d.: qué gracioso que me pongo a buscar fotos del pobre obelisco disfrazado y me encontré con esta noticia que reafirma mi teoría:

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1190864&pid=7616273&toi=6264
(Un aplauso para este flaco!!!!!)

lunes, 5 de octubre de 2009

Gente expulsada

A nadie le gusta ser expulsado de ningún lado. Ser expulsado implica la idea de ser echado, indeseable por alguna que otra razón, y eso definitivamente no es bueno.
Sin embargo siempre me gusto esa sensación de avalancha de gente siendo despedida por el subte en la estación 9 de julio, combinación con líneas B y C. Es como si el subte vomitara de repente, lanzando al anden cientos de personas que brotan de a montones y llenan los pasillos en cuestión de segundos. Es una imagen buenísima.
Ahora ya no puedo, porque cambié de trabajo y por ende de subte, pero durante mucho tiempo combine las líneas D y A para llegar a la facultad. Para poder hacer más rápido, me subía siempre en el primer vagón, como para salir justo al pasillo y hacer la combinación. Si bien la mayoría de la gente sale expulsada en la otra estación, en Catedral quedan siempre algunos rezagados, y la gran mayoría quiere combinar con la línea A. En esos tiempos me encantaba jugar carreras en silencio. Se abría la puerta y a pasito ligero, sin correr, jugaba a pasarlos a todos y ser la primera en bajar la escalera y salir al pasillo. Todo esto, por su puesto, con relato mentar incluido, en cuestión de segundos. Quedaban entonces en una de las 2 siguientes alternativas. Relator de domingo al mediodía: brrrrrrrrrmmmmmmmmmmm y viene la de chica de remera negra y pasa al de rayas, quedando en segunda posición y brrrrrrrrrrrrmmmmm cabeza a cabeza con el de amarillo. Si si si si si señores, la chica de remera negra acaba de tomar la delantera. Amarillo le pisa los talones por detrás, avanza el paso, avanza y siiii señoras y señoras remera negra gana la carrera de esta tardeeeeeeeeeee. O el auto – aliento combinado con insulto o intimidación mental hacia mis contrincantes: bbbbbrrrrr te paso, te paso, guarda que te paso camisa a rayas. Seeee te pase, bien Lau, vos podés! Rápido, rápido, rápido brrrrrrrrmmmmm correeeete amarillo que te llevo puesto, correeeeete brrrrrrrrmmmm ganeeeeeeeeee siiiiiiiiii ganeeeeeeeeee. Nunca llegué a saltar de la alegría ni mucho menos, pero juro que estas victorias me alegraban la tarde. Si, soy un poco loquita...pero al menos me divierto!

En más de una oportunidad tuve la sospecha de que otra gene hacia lo mismo. Mirando bien de reojo veía como también se empeñaban en pasarme, y nadie se atrevía a correr porque claro, eso sería hacer trampa.
Ahora que ya no combino más subtes de vez en cuando sufro el impulso expulsador de la estación Carlos Pellegrini, en la línea B. Igual lo resisto bastante. Y ya no juego más carreras. La escalera mecánica de Florida es demasiado estrecha para todos los que somos, y siempre siempre hay que esperar.

Los libros de autoayuda

Sí, soy muy radical y antes de que sigan leyendo este post aclaro que no es mi intención herir susceptibilidades, que esto no va dedicado a nadie en particular y que es solo MI opinión, que lejos está gracias a Dios de ser verdad absoluta.

Siempre me gusto leer, siempre leí y aun hoy que el tiempo me queda corto encuentro un lugarcito en el día para abrir el libro de turno y aislarme un rato. Leo de todo, pero prefiero cosas que me lleguen y que me dejen algo: información sobre tierras lejanas, pensamientos ajenos que expropio, frases increíbles. Y me gusta saber sobre literatura. Sí medio nerd, pero agradezco a mi prof. Marcos Muñoz por incentivarme el gusto. Nada me ha hecho reflexionar tanto como ‘El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde’, nada me enfermó tanto como ‘Rayuela’, ni me apasionó tanto como ‘Un soplo en el río’. Es maravilloso lo que uno puede descubrir, la puerta que se puede abrir al leer un libro. Los último dos meses, por ejemplo, me la pase recorriendo el continente africano junto con Ryszard Kapuscinsky, un periodista polaco que recopilo muchas de sus experiencias en África en ‘Ebano’, un libro que se me hizo impresionante.

De los ratitos esos que me tomo diario, casi siempre la mayoría son arriba del subte. Siempre me gusto leer arriba de un transporte público; se me acorta el viaje, aprovecho el tiempo, y como no tengo nada mejor que hacer me concentro con facilidad.
La gente que lee en el subte es cada vez más, los que luchamos contra empujones y frenadas también, y por eso por más que quiera evitarlo siempre termino chusmeando lo que está leyendo el de al lado. Me da curiosidad ver que lee la gente, y me resulta gracioso si uno hace una asociación entre lo que lee y cómo va vestido, porque a veces surgen resultados muy inesperados.

Volviendo al título del post, lo que me llevo a escribir esta nota es darme cuenta de la cantidad de gente que lee libros de autoayuda. Me sorprende y me decepciona. Los libros de autoayuda son el McDonalds de la literatura: uno se come una hamburguesa y en el momento tiene rico gusto, llena, pero al rato cae mal y por más que nos haga sentir satisfechos por unas horas, en el fondo se sabe que no es más que chatarra, que son productos elaborados para enchufar masivamente una idea o un modelo que sea fácil de vender, rápido de consumir, y sencillo de producir. Una hamburguesa es así, un libro de autoayuda también. Uno lo lee y se siente fuerte, importante, valorado…aunque no estén diciendo más que palabras bonitas que nos levanten el ánimo, pero carentes totalmente de contenido. Afrontémoslo: los secretos universales para la felicidad, para el éxito, para el bienestar no existen. No son universales simplemente porque nosotros somos individuales y lo que a mi me hace feliz al otro puede parecerle poco, o al contrario: puede llevarlo a la más miserable infelicidad. Sí, ya se: tips como ‘piensa en positivo’, ‘sonríe cada mañana’ o ‘mira al niño que hay en ti’ no fallan. Pero, ¿es necesario comprar un libro para eso? Yo trate de leer un libro de Bucay, juro que lo intenté, pero no lo pude terminar: muchas fabulas de osos trabajadores y nenes muertos que terminan no siendo nenes me resulto tan, pero tan cursi… ¡hay tantos ESCRITORES que vale la pena leer, que cómo se puede perder tiempo leyendo cosas así! A ver, ¿por qué comer un McCombo si por el mismo precio podemos tener la mejor comida mediterránea, o el mejor asado o el mejor sushi o lo mejor de lo que mas les guste?

No esta mal, si uno lo necesita, leer algo así de vez en cuando. (No quiero sonar tan determinante) Lo que me da bronca es esa gente que vive leyendo psicólogos devenidos a taxistas devenidos a pizzeros devenidos a gente que volvió de la muerte devenidos a escritores, se crea que leyendo eso está cultivando algo. No, no está cultivando nada. ¿Quieren pensar sobre sus vidas y llorar a moco tendido? Lean ‘Antes del Fin’, de Sabato. ¿Quieren replantearse sus sueños y creer que lo imposible se puede hacer realidad? Lean ‘Atrapa tu Sueño’ de Los Zapp, que es una historia real. Pero por favor, hagamos un boicot contra la industria de los libros de autoayuda… ¡Sí, son de autoayuda: pero para el autor que curra con ellos! Seguro que todos tenemos a alguien que nos diga algo que nos haga sentir mejor cuando estamos mal…y eso es mucho más valioso, porque nos lo dicen con amor, y espontáneamente… ¿No es eso mejor que un cuento superficial escrito con técnicas para sonar más profundo de lo que en realidad es, cuyo único fin es el de llegar mas rápido a una billetera que a un corazón?



Vos sí que te autoayudaste de lo lindo...

jueves, 1 de octubre de 2009

A nadie le importa

Muchas cosas tiene Buenos Aires que son para mí inexplicables. Muchas de ellas puedo verlas desde un punto de vista cómico o asombroso o hasta ridículo. Pero tengo que reconocer que desde que estoy viviendo acá mi mentalidad ha cambiado muchísimo. Trato de no culparme, creo que es imposible no sumirse en la masa, no adaptarse a la idiosincrasia de la sociedad porteña (y del gran Buenos Aires también, la General Paz no limita mentalidades) más allá de que uno este de acuerdo o no.
Es muy típico de quienes vivimos acá asombrarnos de la amabilidad de la gente del interior en los 15 míseros días que tenemos de vacaciones al año. Pero es solo eso: nos asombramos, lo disfrutamos, retribuimos y volvemos a casa con un deje de humanidad, que se evapora a los dos o tres días. Momento: no estoy diciendo que la gente en capital no sea humana, es simplemente que no le importa. A la gente de acá no le importa.
Uno se para en una esquina en el centro un lunes a las 10 de la mañana y se hace imposible contabilizar los miles de cuerpos que van de un lado al otro, corriendo porque acá siempre se corre, que se chocan porque todavía no se inventaron los carriles peatonales, que van escuchando música o hablando por teléfono, o mirando hacia sus propios pensamientos, siempre preocupados. Si uno ve una sonrisa es probable que se trate de un turista, o de un enamorado ingenuo, o mas probablemente de un desubicado que osa reírse un lunes a las 10 de la mañana en microcentro. Hagan la prueba de sonreír y se van a dar cuenta que la gente va a mirar preguntándose si es que uno acaba de ganarse la lotería o si tuvo la fortuna de poder escupirle unas cuantas barrabasadas a su jefe en la nariz, aunque seria raro que eso pase un lunes a la mañana…entonces lo miran a uno con cara de desubicado, porque no tiene derecho a sonreír así abiertamente. Pero solo eso, una mirada y basta, porque a nadie le importa. Y me sumo a eso no mirando a la gente que sonríe, sino dejando de sonreír a veces, porque es costumbre acá la cara de perro.

En los tres años que hace que estoy viviendo acá, una sola vez me toco vivir la experiencia de que me quisieran robar: sábado a la mañana estación Alem de la lina B. Ya había bajado de subte y en uno de los pasillos para salir me agarra un tipo por la espalda y empieza a zamarrearme, arañarme y forcejearme para sacarme el teléfono que traía en la mano, al tiempo que me decía `soltalo hija de puta, si vos te podes comprar otro`. Sí, ya se, es indignante. No puedo explicar la sensación horrible de que el tiempo se estirase como chicle mientras yo pedía auxilio con una voz que no reconocía como propia, forcejeaba con el tipo, lo pateaba, intentaba pegarle con la cabeza y hacia una fuerza tremenda. Pero si todo esto les parece indignante, qué queda entonces pensar si les digo que al final del pasillo, a no mas de 4 metros de distancia había un señor muy de sobretodo que me mirara como si yo fuera el estreno del cine de los jueves. Me miraba y se hacia el distraído, y yo lo llamaba para que me ayudara, diciéndole que me querían robar. Pero no, el señor dio media vuelta y termino de subir la escalera, y se quedo esperando afuera. No se cuanto paso, el ladrón se cansó y yo gané: gané conservar mi teléfono, (que nadie tiene por que venir a sacármelo mas allá de que yo me pueda comprar 50 iguales, es mío), gané llanto y gané odio, pero juro que más odio que al que me quiso robar le tuve al que no me ayudó, al que se quedó mirando y no fue capaz siquiera de llamar a otro para que me ayude. No, se quedo mirando y cuando se aburrió, cuando vio que no iba a haber muertos ni iba a venir Cronica TV siguió su camino como cualquier sábado a la mañana. Simplemente, porque a nadie le importa.
Es entendible que en una gran ciudad uno se aísle, aunque parezca absurdo. Es entendible que uno tenga miedo y que dude en meterse, o que vaya demasiado apurado a veces. Pero todos los días no. Y eso me molesta. ¿Cómo puede ser que nadie se detenga a preguntarle a la chica que va caminando a moco tendido si la puede ayudar en algo, o que nadie se percate que hay una señora mayor queriendo cruzar la calle y que no puede?
No se, tal vez sea yo que tuve mala suerte y que cuando me detuve a mirar tuve siempre malas experiencias. O tal vez sea que hoy extraño mi ciudad, mi vida de pueblo, de todo cerca, de caras conocidas en cada esquina, de esas que uno saluda por el hecho de verlas todos los días aunque no sepa ni el nombre.